Por: Naili Bautista
Muchas veces me fue tan fácil juzgar las decisiones de mis padres, sus actitudes y comportamientos. Me decía a mí misma que ellos eran adultos y no debían comportarse de tal modo. Sin embargo, con el paso del tiempo fui creciendo y me di cuenta de que ser adulto no hace que tu personalidad cambie, que una edad tampoco te da madurez para saber afrontar las situaciones y que tampoco tienes la respuesta a todo. Comprendí que yo juzgaba mucho a mis padres y que pensaba que no sabían ser buenos padres, aunque la mayoría de las cosas que hacían estaban bien, yo solo les notaba las malas.
Hasta que entendí que esta también es su primera vida, que es la primera vez que son padres y que nadie los configura con un manual de instrucciones o deberes que deben saber antes de serlo. Entendí que ellos, cuando nací, dejaron de vivir sus propias vidas para asegurarse de que la mía fuera lo mejor posible, y frente a todo eso, me hizo sentir pequeñita y llena de culpa por las muchas veces que los traté mal injustamente, que les hice mala cara cuando solo trataban de buscarle una solución a mis insignificantes problemas que según yo, eran muy terribles, como aquella vez que me enojé con mi madre porque no quería plancharme un vestido y le dije cosas hirientes… lo sé, soy una mala persona y yo debería ser quien hiciera ese deber, después de todo mi madre plancha diariamente las heridas de mi corazón con su presencia y amor, pero en lugar de eso le dije un insensible «nunca está cuando la necesito». ¿Nunca está? La mujer que se levantaba temprano para llevarme al colegio, la que si llamaba porque se me había quedado un trabajo iba corriendo a llevármelo, la mujer que muchas veces dejó sus sentimientos a un lado para atender los míos, la que secó mis lágrimas, mientras se disolvía en las propias, y por fin, lo vi, pude asimilar que mis padres sufren sus propios problemas en silencio para que mi hermana y yo no lo notemos.
Aprendí todo eso después de levantarme una madrugada y verlos sentados en la cama llenos de preocupación, mientras yo diariamente dormía plácidamente. Aprendí que no debo encerrarme en mis problemas y ponerme en el lugar del otro, aunque ni yo pueda cargar con los míos.
Ahora sé que mis padres no son perfectos, pero tampoco lo soy yo. Ellos han hecho lo mejor que han podido para criarme y educarme, y yo he cometido errores al juzgarlos y tratarlos mal. He aprendido a valorar su esfuerzo, su amor y su sacrificio; también he aprendido a ponerme en su lugar y a comprender sus problemas, sus miedos y sus sueños. Estoy trabajando en mejorar mi comunicación con ellos, apoyarlos y agradecerles por todo lo que han hecho por mí. ¿Y tú, les has sonreído hoy a tus padres?

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