Por: Mónica García
Siempre se habla de lo importante que era para los abuelos la palabra “empeñada», que pesaba más que un documento notariado, pero ¿cuándo dejó de ser valiosa para sellar tratos y establecer todo tipo de compromisos? Ya nadie respeta ni la propia palabra, aunque no deja de ser fundamental para la vida en comunidad, y su importancia es tal que continuamente comprobamos la capacidad que tiene de estimular o de dañar.
Por ejemplo, lo que los padres digan a sus hijos en sus más tempranos años los marcará para siempre; lo que la pareja comunique o no en todo momento de la relación será determinante; lo que unos y otros expresen en redes acerca de una persona podrá afectar positiva o negativamente su autoconcepto y su equilibrio mental.
Somos seres de lenguaje verbal y no verbal, como tantos otros seres vivos, pero nuestro código es propio del humano y con frecuencia lo usamos indiscriminada e irresponsablemente: palabras que hieren y hasta matan, palabras como puñales y como dardos… Que a veces no son suficientes para declarar lo que se siente, que se quedan cortas para describir la belleza, que traicionan su propio significado -como cuando el hombre le dice a su compañera que la ama pero no deja de engañarla o cuando la madre le dice a su hijo que es lo primordial en su vida pero no respeta el camino que escogió-…
¿Qué es más importante entonces, la palabra o los actos? Porque cuando son vanas, escasas o mentirosas, cuando no alcanzan a decir lo que se quiere, ¿no son más contundentes los hechos?
Ese atributo tan humano que nos da vida y nos mata (o ¿quién no se ha derretido ante un “te amo»? ¿Quién no ha necesitado como el aire un “gracias», “estás linda» o “lo hiciste bien»? ¿Quién no se ha sentido devastado por una crítica negativa o un insulto?), que nos marca desde nuestra emergencia como sujetos, pues mucho antes de nacer se nos otorga un nombre, se nos entrega el legado familiar con un apellido y se nos hace balbucear las palabras más necesarias para la existencia: mamá, papá, agua, teta, tete; así como nos crea puede destruirnos, marcar un destino, una personalidad, un sino venturoso o trágico.
Es por eso que quienes nos dejamos seducir por las palabras e intentamos dominarlas, desentrañar sus misterios, encontrar las precisas y conocer sus miles de sinónimos lamentamos que muchas estén cayendo en desuso y a punto de desaparecer del vocabulario, e insistimos en rescatarlas del olvido, seguirlas acariciando con nuestros labios y deleitándonos con su sonido, con su forma, con su sentido. Porque amamos el arte de la palabra seguimos intentando hacerles justicia, aunque continuemos errando y no pasemos de ser más que simples aprendices.

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