Por: Paranormalicus
Después de la escuela, solía quedarme en casa de mi vecina, la señora Ana. Era muy amable y siempre me ofrecía galletas de chocolate y malteada de fresa. Mi mamá salía de su trabajo, una hora después de que yo salía de la escuela, así que le pidió a la señora Ana que me cuidara durante esa hora. A las 2:00 pm, mi madre llegaba y sonaba la bocina de su coche. Yo salía a recibirla con gusto y ella le daba las gracias a la señora Ana. Nos íbamos a casa.
Pero un día, al salir de la escuela como todos los días, fui a casa de la señora Ana. En lugar de recibirme la señora Ana, me recibió un joven muy amable y sonriente, él me dijo que la señora Ana había salido por un momento, pero que podría esperarla en la sala. Este joven dijo ser su nieto y que estaba de visita en la ciudad. Entré y el ambiente era acogedor, el olor a galletas con canela y chocolate era delicioso y se extendía por toda la casa.
-¿Quieres una galleta? Dijo el joven, ofreciéndome una bandeja repleta de galletas de chocolate. Pero ten cuidado, están calientes porque las acabo de sacar del horno, dijo nuevamente el joven sin parar de sonreír. Tomé una de las galletas con gusto, sabían un poco diferentes, pues obviamente no las había horneado la señora Ana, sin embargo, estaban deliciosas. Encendí la televisión y puse caricaturas.
De pronto escuché una voz en la cocina, era el nieto de la señora Ana. Niño, podrías venir. -¡Claro! Le respondí entusiasmado, supuse que me daría otra galleta. Me levanté del sofá, estaba a punto de cruzar la puerta de la cocina, cuando escuché un sonido inconfundible, era la bocina del auto de mi mamá. Al parecer, había salido temprano del trabajo. Antes de llegar a la cocina, desvié mi camino y salí corriendo a recibir a mi mamá. Vi a mi mamá arreglándose el maquillaje en el espejo del coche y seguí corriendo hasta llegar con ella y abrazarla. En ese momento, el nieto de la señora Ana se asomó por la puerta de la casa y saludó. -¡Hola! Dijo el joven con una gran sonrisa. Mi madre lo miró, pero no dijo nada. Solo me ordenó subir al auto y antes de que pudiera decir algo, mi mamá también subió, encendió rápidamente el coche y aceleró. No vi a mi mamá normal, ya que su cara estaba muy pálida como nunca antes la había visto.
De camino a casa, mi mamá hizo una llamada en su teléfono, se le veía preocupada y yo no entendía por qué. Tampoco supe a quién había llamado. En los días siguientes, mi mamá y los vecinos se comportaron de una manera sumamente extraña conmigo. Por alguna razón, nunca más volví a quedarme con la señora Ana. De hecho, nunca más fuimos a su casa, ni volví a saber nada de ella.
En aquel entonces yo tenía solo 8 años, pero ahora que soy un adulto, logré tener el valor de preguntarle a mi mamá sobre aquel incidente tan extraño de mi infancia. Mi madre se puso pálida al escuchar mi pregunta, no lloró, pero estaba a punto de hacerlo. Ella me explicó con la voz entre llorosa y lágrimas en sus ojos, y entonces todo tuvo sentido para mí, aunque siendo sincero, hubiera preferido no saberlo nunca.
Aquella tarde cuando estuve por última vez en casa de la señora Ana, mi madre había llamado a la policía, ya que la señora Ana no tenía ningún nieto. El hombre que estaba en su casa se llamaba Carlos Leblanc, y era un enfermo mental con tendencias a la Antropofagia, o sea Canibalismo. No lo hubiera creído de no ser por todos los artículos y periódicos que mi madre me mostró. Ese hombre había asesinado cruelmente a la señora Ana, la había partido en pedazos y la había cocinado en diferentes formas y «platillos», entre esos platillos estaban las galletas de chocolate, esas galletas de las cuales yo me comí algunas…
Lo peor de aquel día no solo fue el hecho de haber estado frente a un asesino, tampoco el haber comido una galleta hecha con la difunta mujer que me cuidaba. Lo que más me estremece es el hecho de que aquel hombre estaba a punto de matarme, esperándome con un hacha en la cocina. Lo hubiera logrado si mi madre no hubiera salido temprano del trabajo y no hubiera pasado por mí antes de tiempo. Por obra y gracia del destino, aún sigo aquí. Aquella revelación no me dejó dormir durante días, semanas, meses e incluso años. Pasé mi infancia tratando de entender lo que había ocurrido, pero ahora que lo sé, duermo mucho menos.
Lo extraño de todo esto es que, a pesar de la macabra verdad, disfruté el sabor de esas galletas…

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