Por: Michael Alexis Galvis
Era una noche bastante ruidosa en el centro de una ciudad cualquiera; sonaban las ambulancias, mientras los carros competían en carreras clandestinas. Unos luchaban por salvar vidas, y otros la arriesgaban sin pensar, pero no era el ruido lo que mantenía a Esteban despierto esa noche.
Había en él una mezcla extraña de felicidad y tristeza, una ansiedad punzante que lo envolvía desde lo más profundo de su ser.
En la cocina se oían murmullos, sollozos lentos y completamente suaves que asimilaban arrullos. Esteban bajó las escaleras lentamente y se asomó a la oscura alacena, apenas alumbrada por un bombillo titilante a punto de fundirse. Vio entonces una figura sombría y encorvada que removía todos los objetos de los gabinetes, como buscando algo perdido.
Dirigió su mirada al niño y le dijo con voz tierna: “No te asustes, cariño, todo está bien”. Esteban reconocía la voz, reconocía las manos, pero no lograba identificar el rostro de su interlocutor.
Esta figura tenía unas mechas largas, desaliñadas y negras, una cara llena de colores rojizos y violetas que asimilaban constelaciones. Lo más increíble para él fue caer en la realidad de ese rostro familiar; su querida madre era diferente por las noches, se transformaba en un ser horripilante que hablaba con horror y respiraba de forma agitada. Por alguna razón, la sintió más cercana que a la mujer que era su madre de día.
Esteban se acercó y la miró a los ojos. Bajo estos colgaban unas pronunciadas ojeras. ¿Qué le pasa a mamá? Se preguntaba en la mente. Siempre la he visto tan sonriente, con su vestido rojo, su piel perfecta que es la envidia de todos. Los amigos de papá dicen que mi madre es la mujer más hermosa de todas. ¿Qué pensarán al verla de noche? Mamá miraba el reloj del gabinete que estaba en el piso, junto a cucharas y tenedores. Tomó el cuchillo mientras se dibujaba una sonrisa triste en su lánguido rostro y le dijo: “Hijo mío, ya sabes qué hacer. ¿Qué te he enseñado en nuestras conversaciones mientras no está papá?”. Esteban le hizo caso, tomó su peluche y se escondió en el armario.
Pasaban los minutos, las manecillas del reloj pesaban, el tic tac constante envolvía la habitación entera y no dejaba ni un solo centímetro de silencio. Después de unos instantes, se escuchó un estruendo en la puerta, y un olor nauseabundo se hizo presente. Se oían susurros, risitas coléricas, una mano torpe intentando abrir la puerta, el sonido metálico de las llaves haciendo eco en la cerradura.
Cuando por fin una silueta de semblante gigantesco hizo su aparición, sus pasos eran obtusos y pesados. Mamá se encontraba completamente entumecida, y la silueta se acercaba cada vez más a ella. Se oía el sonido de su hebilla mientras se quitaba el cinturón y tomaba a mamá de los brazos. La empezó a besar mientras le lanzaba improperios y le decía: “Esta noche no te me escapas, ya sabes lo que te pasa cuando no me haces caso”.
De pronto, un líquido tibio con un fuerte olor a hierro recorría las piernas del hombre. Este miró su pecho, vio entonces a la mujer sonriendo mientras un puñal lo atravesaba. La mujer lo tiró al suelo y, con una fuerza casi sobrehumana, lo apuñaló en repetidas ocasiones. Los gritos lograron aplacar el ensordecedor sonido de aquel reloj, y las risas invadieron hasta el último rincón. Cuando, sin previo aviso, sonó un disparo. Luego, reinó el silencio.
Solo se oía la voz de Esteban contando hasta diez, como le había enseñado mamá que hiciera después de oír los gritos en la noche. Salió del armario y encontró a sus padres tendidos en un charco de sangre. A su memoria llegó la razón que lo tenía con esa ansiedad desde tan temprana hora; justo al día siguiente, será su cumpleaños.

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