Por: Mónica García
El año viejo se despidió con pérdidas, lejanas y cercanas, en la casa de al lado y en el país; en el departamento y en Gaza, en Ucrania y en Yemen; el que llegó trajo los infaltables feminicidios, infanticidios, accidentes de tránsito, casos de intolerancia y productos de la delincuencia; también se llevó algunos padres y madres ancianos… La muerte, a la que ignoramos para poder seguir viviendo cada día, nos sigue recordando que la finitud es lo único cierto de nuestra existencia.
Y, ¿cómo hablar de ella, compañera fiel de nuestra vida y escritos sin que, como canta Silvio Rodríguez en Playa Girón: “se haga sentimental, fuera de la vanguardia o evidente panfleto»? Qué decir sobre “la parca” más allá de lo que ya bellamente expresó Akenatón (siamés protagonista del libro La historia de La humanidad contada por un gato): “estremece a los hombres pero para mí no es nada porque, mientras existo, ella no existe, y cuando ella existe, yo ya no soy».
¡Cuánta razón tiene el felino! Nada sabemos de ella porque como decían los abuelos, nadie ha vuelto del otro lado, o al menos no alguien que haya estado muerto durante un tiempo prudencial, que pueda contarnos si se siente tristeza, rabia, miedo o felicidad abandonar de una vez por todas este valle de lágrimas, si sentimos el mordisqueo de los gusanos en nuestra piel o seguimos viendo y oyendo a nuestros seres queridos desde una especie de pantalla que nos mantendría permanentemente enterados de sus actos (ojalá que, si existe, sea opcional, porque no me interesaría saber nada de los que se quedan aquí).
Recuerdo que en los no tan lejanos tiempos del Covid-19 un líder indígena y director de la organización más importante que los representa, a quien conocí, perdió su batalla contra el famoso virus; al enterarme de la noticia lo evoqué tan vital en medio de una reunión y en plena mesa de personajes ilustres engullendo un caldo (que parecía ser de pescado), mientras el que hablaba y los que permanecían sentados trataban de hacer caso omiso a la forma como tomaba su desayuno chupando ruidosamente la cabeza del provechoso animal. Traté de no reírme en ese momento con la escena y ella llegó a mí nuevamente con la certeza de su partida.
Es la vida. Quien estuvo tan vivo, sucumbió. También mi abuelo, quien partió unos meses después, se despedía, de lejos –no podía acercarme a él sin correr el riesgo de contagiarlo- esa última vez que lo vi encargándome pan y chucherías, seguro de que nos volveríamos a encontrar.
¿Debería angustiarnos como lo hace, si la tenemos tan cierta, tan insobornable, tan inesquivable? ¿Se reconcilian más con ella quienes traicionan el mandamiento de vivir y hacen lo preciso para apresurarla mientras los demás sólo posponemos lo inevitable? ¿Tendrían que estar más tranquilos quienes creen en Dios y en la eternidad que quienes, aunque hemos intentado develar sus misterios y acercarnos a Él, nunca pudimos acoger su mensaje más que de forma dubitativa, cautelosa?
¿Quién o qué nos libra más de la muerte que vivir con derroche, con intensidad, sin temor a atragantarnos con el aire que debe penetrar cada día profundo en nuestros pulmones?
Esa enseñanza que me deja ese líder indígena y mi querido nono: «Cada día, hoy más que nunca, se hace preciso vivir.»

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