UN PRÓSPERO AÑO NUEVO

Por: María Victoria Osorio Ardila

En una hermosa casa, en un barrio al norte de Bogotá hace algunas décadas, tal vez 3 o más, vivió un hombre de origen santandereano, trabajador y generoso. Tan espléndido y amable era con todos, que hasta su apellido lo regaló, así mismo, compartió su buena fortuna con allegados, vecinos, familiares y algunos a los que él, calificaba como amigos.

Corrían otros tiempos, la actividad económica de aquel hombre era fructífera, él no se graduó de bachiller, pero desde muy joven trabajo y consiguió una fortuna que le permitió ciertos lujos, brindaba con encantó un plato de comida a todo visitante que llegaba a su casa, al parecer tenía claro – aquel mensaje bíblico, pero sin duda, – se excedió en dar de comer al hambriento y en dar de beber al sediento.

Durante la época decembrina, en la casa de aquel señor, abundaban los regalos, las anchetas, los paseos, los dulces, las fiestas, el licor, los grandes almuerzos que él organizaba para sus invitados.

Con los años, el negocio de la relojería y la joyería decayó, el gramo de oro se incrementó y por la inseguridad nadie podía lucir sus prendas con tranquilidad, esos lujos terminaban enclaustrados en cajas de seguridad, admirables solo en ocasiones especiales.

La floreciente época sucumbía, la economía cambiante, la inflación, la globalización, los factores internos y externos que azotaban el país, hicieron un gran hueco en la economía de quien antes era un hombre próspero. Más, sin embargo, él continuaba buscando oportunidades, confiando en la gente, haciendo negocios, rebuscando para suplir los gastos de su familia y evitarles afugias.

Siempre fue emprendedor, comerciante aguerrido, pero dilapidó sus éxitos, su hermosa casa terminó en las manos de un estafador, desde entonces y como si hubiese caído sobre él una maldición, los buenos tiempos se acabaron, empezó la austeridad, no se vio más en su lugar de residencia aquellas visitas de quienes en otrora por diciembre o en cualquier mes, iban a llenar las panzas y salían con las manos llenas de viandas.

El papa Noel criollo se desvaneció, pero aún conservó el optimismo, las buenas intenciones, el enérgico empeño por entregar a los suyos todo sin reparos, como él lo sabía hacer, tal como su corazón generoso se lo imponía.

Pensaba a diario en los negocios, buscaba nuevas oportunidades para obtener dinero, pagar deudas, que sin darse cuenta lo ahogaban, los acreedores lo acosaban y los deudores no le pagaban, lo evadían, se escondían, apostó en los juegos de azar y efectivamente vio resultados, de nuevo como aves de rapiña y de la nada aparecieron los vividores sobre él.

Ayudó desinteresadamente a todos en la medida de sus capacidades, aunque algunos lo olvidaron o simplemente no lo recuerdan, tal vez para restarle el mérito que merecía y solo rotularle los defectos que como todo ser humano también tenía.

En poco tiempo, otra vez, las preocupaciones blanquearon su frente, cansado, abatido, su cuerpo manifestó enfermedades ante las cuales no se le escuchó queja.

Los años pesaban, se sumó el deterioro físico y mental, finalmente recibió a un visitante al que varias veces le hizo el quite, al visitante de traje oscuro, al que no podía sonreírle y entregarle un obsequio a cambio de tiempo: la muerte.

Atrás quedaron los años prósperos, aquellos cuando él con una sonrisa y el brillo de sus grandes ojos verdes entregó regalos a manos llenas.

Solo quedó el recuerdo: cada año en diciembre él sonreía y deseaba feliz navidad y un Próspero Osorio, volvía a reír, y exclamaba: ¡Feliz Navidad y un Próspero año nuevo!

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