Poema: DICIEMBRE (TERCERA PARTE)

Por: Jean Carlos Arenas Parra

Los días siguientes
aunque aún iluminados
por las luces del árbol
transcurren sin mayor novedad,
en una absoluta parsimonia.
Pero todo eso cambia
cuando al aparecer
los primeros rayos
del último sol del año,
comienza una vez más
la misma ceremonia de la semana pasada.
Ahora primos y tíos arman con prisa
y con dedicación el año viejo,
en el que todos en la casa guardan
en su vientre de aserrín
sus miedos, sus tristezas, sus dolores
esperando a que en unas horas
se vayan junto con el año
que agoniza poco a poco…
Y en la noche, todos engalanados
celebrando la vida al unísono,
disfrutando de la cena y del baile.
Algunos en la soledad de su alcoba
entre lágrimas recuerdan
a los que desde las estrellas
ahora los cuidan,
pero toman un respiro
y ahora celebran a los que han llegado
para ser parte de la familia
y a los que han regresado
del otro lado de la distancia.


¡Paren la música!
El locutor en la radio con su voz solemne
comienza el conteo
seguido por todos en la casa:
Cinco, cuatro, tres, dos, uno…
¡Un grito de “feliz año!»,
el repique de campanas
y en el cielo una explosión de colores
preceden la multitud de abrazos
que nos unen a todos.
Es el momento
de levantar las copas
y que en doce uvas
se sellen los deseos y propósitos
para los días venideros.
El año viejo
es llevado en un feliz cortejo fúnebre
y arde luego en llamas
llevándose todo lo malo
del calendario anterior.
Con lentejas y arroz en los bolsillos
se busca augurar siempre pan en la mesa
y algunos esperan cargando una maleta
y dando vueltas por la manzana
que pronto puedan conocer otras latitudes
más allá de su mundo cotidiano,
otros más allá de lo que los demás
puedan ver, visten su interior
de rojo o amarillo
(según corresponda, desde luego)
esperando a que el amor o la prosperidad
les acompañen… Lo que sea
porque el año apenas naciente
prometa ser mucho mejor.


Y así, año tras año,
un calendario dice adiós
y otro ocupa su lugar en la pared.
Cada vez es más difícil
reunirlos a todos de nuevo
en torno al fuego siempre encendido del hogar.
En la mesa algunos lugares
van quedando vacíos eternamente
y otras nuevas sillas se van agregando.
y aunque año tras año
todo y todos vamos cambiando
al compás inexorable del tiempo,
los recuerdos se resisten a morir
y van echando sus raíces en la memoria
y en el corazón
mientras esperamos
a que una vez más
llegue diciembre con su alegría.

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