Poema: DICIEMBRE (Segunda Parte)

Por: Jean Carlos Arenas Parra

Y llega el 24 de diciembre.
Un hermoso caos reina en casa:
barrer, trapear, limpiar telarañas,
dar brillo a todo, ponerse el estreno
casi como una segunda piel
(o al menos la ropa más decente
que se oculte dentro del armario
aguardando la ocasión perfecta),
que no falten las hayacas en fogón de leña
ni el pan de jamón para la cena…
Todo forma parte de una coreografía
que cuando ya llegue el final del día
todos terminamos bailando
de la mano de las tías
al compás alcohólico
de las alegres tonadas tropicales
de siempre.


Pero de repente
se silencia la música,
hay un breve silencio solemne en la sala
y acuden prestos abuelos, tíos, primos,
los padres, las hermanas
y a veces algún amigo
y en un coro algo desentonado
se elevan al cielo
las últimas plegarias
del noveno día,
los niños balbucean mientras ríen
sin saber qué significará aquello
de «la oveja arisca y el cordero manso».
Alguien grita de repente: «Ya es medianoche!».
Y con algo de dulce locura
empieza el aluvión de besos y abrazos
acompañados del «feliz navidad».
La abuela coloca al Divino infante
a que ocupe su lugar en el pesebre
recostado sobre su trono de paja
mientras nos invita con su amor infinito
a seguir a la mesa.


Y una lágrima furtiva
cae sobre su rostro
mientras sonríe tiernamente
contemplando un prodigio:
están todos, no falta nadie,
hay rostros felices,
se sirve la cena y todos disfrutan
cada bocado como si fuese
ambrosía pura
y luego todos pasan a la sala,
y como si de tesoros se tratase,
empiezan a abrir los regalos
que días atrás en inocentes cartas
habían pedido…


Y al terminar el banquete
continúa el derroche de música,
de licor, de gratas conversaciones,
de recuerdos y vivencias
(y alguno que otro chisme,
para qué negarlo).
Algunos salen de casa al reencuentro
de sus amigos o de los vecinos
a darles su navideño abrazo,
los niños empiezan a caer
víctimas del sueño
en donde los sorprenda la noche
mientras que los adultos
(algunos con muchos alcoholes encima)
continúan su ritual decembrino
incluso cuando empiezan a aparecer
las primeras luces del día.


Cuando por fin ha rayado el alba
ya todos descansan.
En algunos instantes
la abuela y las tías habrán puesto la mesa,
los niños llenarán la sala
con la música de su risa
al disfrutar de sus regalos.
Y después del desayuno,
una revolución se arma:
es momento de empacar pronto,
ligeros de equipaje, con la alegría
de copiloto y eso sí,
que no falte la comida
porque no puede pasar por alto
el sagrado y siempre esperado
«paseo de olla», en el que
el viejo carro del abuelo
y los de los tíos se convierten
en la mágica caravana
que nos lleva a aquel destino
en el que la felicidad habitaba
en mi universo de niño: el río
(Y repetiremos sin falta
el mismo rito sagrado
en una semana
al recibir el nuevo año).

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