LA NAVIDAD EN EL CAMPO

Por: La Nonita de Pueblo

Queridos lectores,


La Navidad en el campo es como un canto alegre que resuena por los montes y valles, pintando de colores vivos cada rincón de nuestros hogares. Ahí, en mi querido rancho, la magia de la temporada se despierta con los primeros rayos del sol, iluminando la tierra que nos ha visto crecer y prosperar.


Comienza la algarabía cuando decidimos adornar nuestro hogar. Los ranchos se visten con guirnaldas rústicas y luces titilantes que parpadean al compás del viento. ¡Oh, qué bonito es ver los corredores iluminados, como si las estrellas hubieran descendido para bailar en nuestra puerta!


La preparación de tamales es toda una ceremonia. Se escucha el murmullo de las hojas de plátano que envuelven los secretos de cada familia. La mezcla de olores a maíz, carne y condimentos nos recuerda que la generosidad se sirve en porciones de hojas verdes y sabores intensos. ¡Los tamales son el abrazo perfecto para el alma!


La verdadera joya de la Navidad en el campo son los intercambios entre vecinos. Gelatinas de colores se comparten con risas, natillas endulzan los labios y dulces de panela nos transportan a la infancia. Bollos de mazorca, con su sabor auténtico, son la delicia que une nuestras mesas.


Las caminatas entre vecinos, con paso firme pero alegre, son el símbolo de nuestra comunidad unida. No hay ofensa cuando nos obsequiamos con amor las delicias preparadas con esmero. Mareados por la dicha y la risa, nos abrazamos en agradecimiento por la amistad que florece en cada rincón del campo.


¡Ah, la natilla casera! La maicena, el arequipe y la panela se convierten en una danza armoniosa en nuestras manos. Cocinarla es un arte que nos conecta con las raíces, un regalo que se comparte generación tras generación. Las risas surgen cuando los buñuelos estallan en el aceite caliente, revelando que la perfección no siempre es necesaria para la felicidad.


El pesebre y el arbolito son más que adornos, son testigos de años de historias y tradiciones. Ese niño Dios, que ha nacido 46 veces en nuestra casa, es la razón de nuestra celebración.


Los nietos, con ojos llenos de asombro, buscan la caja que guarda la esencia de nuestra fe y la magia de la Navidad.


Cocinar para la familia es un arte que se hereda. El queso de cabeza de marrano, las costillas de cerdo y el muchacho relleno son banquetes que se preparan con amor y devoción. El sancochito del 24 y del 31 es un ritual que nos une al fuego de la tradición, calentando nuestros corazones y nuestros hogares.


Hasta las mascotas están felices, los gatos y los perros pendientes de cualquier pedacito de carne que se caiga, o de un huesito que con cariño se les da.


Cuando los hijos llegan a visitar en Navidad, la casa se llena de risas, abrazos y recuerdos. Cada rincón respira la esencia de la familia, y el calor del hogar se convierte en el mejor regalo que podemos ofrecer.


Así, desde mi corazón campesino, les deseo a todos una Navidad llena de amor, tradiciones y momentos compartidos. Que la magia del campo ilumine sus corazones y que la alegría de la temporada se quede con ustedes durante todo el año.


Con cariño para ustedes.
Deseándoles una navidad llena de amor.

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