LIBERTAD ENCADENADA

Por: Nerio Luis Mejía

El secuestro ha sido una de las practicas criminales más recurrente en nuestro país, a raíz del conflicto armado que hemos arrastrado por décadas, pareciera una maldición que heredamos y dejamos en heredad a todas las generaciones

En los últimos días, ha sido tendencia noticiosa, el secuestro que sufrió el padre de Luis Diaz, futbolista de la selección Colombia, el popular Mane Diaz, quien se ha hecho celebre a consecuencias de la tragedia que lo mantuvo 12 días cautivo en poder de la guerrilla del Eln y que posteriormente fue entregado a una comisión humanitaria, compuesta por la ONU y la iglesia católica, todo un país celebro la libertad del padre del delantero de nuestro seleccionado nacional, y que festejamos con bombos y platillos los dos goles anotados por el hijo del recién liberado Mane Diaz, a la selección brasilera de futbol, en el estadio metropolitano de la ciudad de barranquilla.

Hasta ahí, todo pareciera que solo se trató  despertar de una horrible pesadilla, pero para infortunio de nuestra sociedad es la realidad que enfrentamos todas las personas que vivimos en nuestro   país, aquí la degradación del conflicto se hace evidente con el transcurrir de los años, ya que en otrora, esta clase de delitos afectaba en su mayoría a las personas acaudaladas, ganaderos, industriales, políticos y todo aquel que realizara una actividad lucrativa a nivel económico, la que podía saciar la sed por el dinero que se les despierta a los criminales.

Hoy este cruel delito, no hace distinción alguna, y se ensaña en contra de profesores, estudiantes, humildes labriegos, pequeños propietarios de almacenes, consumidores de sustancias alucinógenas, tenderos de barrios, lideres sociales y políticos, sin importar su condición económica, es decir “aquí, nos toco a todos”, esta practica criminal es tan recurrente en regiones como el departamento de Norte de Santander, que en los últimos años, ha sido sacudido por este flagelo, hasta el punto de ver con naturalidad que este horrible monstruo esté presente en nuestras vida

En lo único que hace distinción alguna este delito, es en el poder mediático, lo que utilizan los actores como un nuevo marketing publicitario, para dar a conocer su existencia, como a la vez sus exigencias, a la hora de llamar la atención.

En Colombia no todos gozamos de la fortuna de tener un hijo en los grandes clubes de futbol europeos, por lo que tenemos que sufrir en silencio, y en el más oscuro anonimato las heridas causadas por el secuestro, los grandes medios de la información no están al servicio de cubrir la tragedia, que toca las puertas de los habitantes en regiones como el Catatumbo, donde  sus pobladores no somos familiares de Lucho Diaz, pero si enfrentamos en peores condiciones la desgracia del secuestro, que no solo castiga a las familias con el plagio de sus seres queridos,  sometiéndolos también al escarnio público, obligándolos a confesar y posar frente a una cámara auto incriminándose en conductas como, el consumo de sustancias alucinógenas y asumir su participación en delitos para justificar el plagio, obligándolos a la realización de trabajos forzados, en propiedades de sus captores y en algunas ocasiones los constriñen a barrer calles y parques en algunas poblaciones de la región .

Ese silencio cómplice y homicida, que guardan los políticos regionales, que en algunas ocasiones los llevan a pronunciarse tímidamente frente a este execrable crimen, pero que jamás presentan soluciones de fondo para superar el problema, lo que nos lleva a pensar, que no quieren arriesgar su patrimonio electoral en las áreas de influencia de los actores armados, que intimidan a la gran mayoría de los habitantes de estos territorios con sus acciones violentas.

La libertad de gozar del pleno desarrollo de la personalidad, tanto en lo económico, académico, consumos, pensamiento, no debe estar sujeta, a la voluntad de quienes a través de las armas ejercen la violencia, que, justificada en acciones política, pretenden sembrar el miedo en las regiones

Libertad para todos los secuestrados, no es un clamor, es una exigencia de una sociedad despierta y vigilante, que reclama verdaderos gestos de paz y no la continuidad de la violencia.   

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