TU MIRADA, REGALO PERPETUO

Por: Maria Victoria Osorio Ardila

Tú mirada, ilumina mi espacio

Tú mirada, levanta mi animo

Tú mirada, alumbra mi camino

Tú mirada, regalo perpetuo...

Estaré ante tu mirada, ante tus ojos llenos de ternura, paciencia, frente a la amorosa y cálida calma que tus ojos destellan, esa expresión que admiro, esa mirada que me pertenece, que endulza mi vida, que desarma mi carácter y derrite mi ímpetu, que sofoca los excesos de energía que desborda mi perfil.

Desde hace 14 años, me cautivaste, consumida en tus pupilas, en tu majestuosa mirada, la mirada que ilumina el hogar, la misma mirada que concurre en nuestras conversaciones, aquella mirada cómplice, la mirada que se apodera de los momentos que compartimos, esa mirada que expresa sin palabras el amor inconmensurable que invade el espíritu, esa mirada que solo una madre puede percibir, ese vistazo que un hijo le entrega a su madre, esa clave misteriosa que solo los involucrados saben percibir.

La maternidad 10 años después, se vive, se respira, se saborea de manera diferente. La primera experiencia como madre, es un océano de aventuras, errores y ensayos, de inseguridades, temores minúsculos que flotan en el aire, un desafío al cual me lance con gran empeño, con un resultado sencillamente divino. Contigo, la madurez me exigía mayor entrega, las circunstancias cambiaron, la salud imponía más esfuerzos, no podía arriesgar tu existencia, te esperaba con ansias.

Un 4 de Diciembre llegaste, la sutileza de tu mirada que refleja la pureza de tu alma domina mi corazón, admirada con tú precoz sabiduría, comprendo tu lenguaje, descifro tus sentimientos, permito que tú descubras mis pálpitos y emociones, yo soy ante ti, como tus ojos me ven, como realmente soy, nítida, sin filtros, sin máscaras, tú me permites ser autentica, aceptas sin reproches mis palabras, escuchas con atención mis relatos y los conviertes en enseñanzas, absorbes cada mensaje con precisa amabilidad. Yo aprendo de tú compasión, intento copiar tus buenas maneras, me esmero por cambiar mis imperfecciones, estar a la altura de tú cándido corazón.

Las palabras convertidas en cartas, poemas, ensayos, libros o canciones son escasas para decir a un hijo lo que el corazón maternal grita ante su presencia. Por eso, las madres recurrimos a otros métodos: los abrazos apretados, los besos concentrados, las caricias tiernas, las recetas con el ingrediente que solo un hijo identifica y recuerda, – aunque este lejos de casa, los desvelos, los aplausos interminables, la compañía complacida para disipar los miedos, la voz quebrada a través del teléfono, las lagrimas de alegría, las lágrimas de dolor por las heridas, las miradas silenciosas.

Los hijos son todo para las madres, ellos justifican los esfuerzos diarios, ellos elevan el ser femenino al máximo nivel, solo ellos tienen la capacidad de liberar lo mejor de una mujer, frente a su rol maternal, seguramente por esa razón, inspirados por la figura maternal algunos escritores han dedicado interminables páginas a sus madres ante la necesidad infinita de perpetuar su existencia y rendir homenaje perdurable, también, sucede lo contrario, las madres escritoras que comparten con los lectores sus experiencias dulces y amargas, como la reconocida escritora chilena ISABEL ALLENDE, en uno de sus más conocidos y celebres relatos: Paula.

Por esos motivos, hoy al celebrar un año más de vida tuya y mía, escribo desde el sentimiento que me inspiras, para conservar otro recuerdo, un regalo con el fin de perpetuar mi inmenso amor por ti, con el objetivo de divulgar con orgullo la maternidad prodigiosa que glorifica, con el propósito de ratificar con huellas indelebles que soy feliz de ser madre, bendecida con mis hijos, hoy en tu cumpleaños agradecida con tu existencia, prisionera de tu mirada, enamorada de mi caballero: mi hijo, mi niño, mi adolescente.

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