NI PUTAS NI SANTAS

Por: Mónica García

Tuve ocasión de visitar el campo hace unas semanas y en una conversación con el anfitrión –que por cierto era un ciudadano francés que vive hace muchos años en el país-, me comentaba que las flores que tenía como centro de mesa eran llamadas por los locales «cuarto de puta» por su olor particular. Nunca he entrado en la habitación de una prostituta, pero el aroma que expelen dichas flores es dulce y penetrante, lo que me hizo preguntarme cuál será la fascinación que ejerce esta profesión, «la más antigua en la historia de la humanidad», en las personas de todas las condiciones sociales.

Es común escuchar frases como «fuma como puta presa» y no se entiende por qué no mencionan a los ladrones o asesinos cuando son atrapados por la policía y practican este hábito, sino específicamente a las meretrices, como si este fuera un rasgo único de ellas; también, cuando alguien del sexo femenino se viste o maquilla de forma llamativa suele decirse que tiene «pinta de puta», aunque de vez en cuando en las redes aparecen comentarios que pueden ser la contraparte de los anteriores, como este: «hay muchas monjas que fuman y muchas putas que rezan».

Existe una dualidad en la psique de los hombres producto del machismo en el que fueron formados que los lleva a buscar como compañera y madre de sus hijos a la mujer casta, preferiblemente sin pasado -porque el que lo tengan los mortificará durante toda la relación-, pero a la vez desear a rabiar a la de conducta licenciosa, la que encarna todos los placeres; es por eso que acuden a la prostitución en todas sus variedades y es en parte esta deformación la que les impide concebir que la mujer «normal», la compañera, la madre, tenga deseos y experimente placer, no solo con ellos sino -lo más inconcebible-, con otros además de ellos. Y como la esposa es “algo” de su propiedad, el no tolerarlo lleva a todo tipo de aberraciones como la violencia y el feminicidio.

Quienes nacimos con este sexo y quienes no nacieron pero se identifican con él sabemos lo difícil que es ser mujer y ejercer nuestros derechos, los que aunque estén en el papel han tenido que ser peleados con bravura a lo largo de la historia. Se nos juzga por hacer lo que queremos y más si va en contra de lo establecido, se nos castiga por decir lo que pensamos sin filtros; si somos abnegadas se nos ataca, si somos libres también; si nos abandonan, para los demás casi siempre es por culpa nuestra, porque no fuimos lo suficientemente buenas en la casa, en el sexo o en alguna otra cosa.

Muchas veces, para salvaguardar nuestra dignidad como personas, nuestro amor propio e incluso nuestra propia vida tenemos que abandonar al que nos violenta verbal o físicamente, al que nos cela, al que no piensa en más que gastarse la plata que se gana en juerga, al que nos es infiel aunque le hayamos parido sus hijos. Debemos irnos de ahí o de nuestras casas, de amistades o de trabajos en los que no nos sentimos valoradas o somos acosadas y surge entonces una nueva categoría: nos convertimos en hijas de puta porque se supone que debíamos aguantarlo todo, porque se nos pedía que fuéramos una fuente inagotable de amor y de perdón, porque aparentemente el cariño se demuestra quedándose, a pesar de que las vejaciones se repitan una y otra vez.

Pues no. No nos vamos a seguir quedando aunque los amigos y la familia nos juzguen, ya es justo después de tantos siglos que podamos irnos azotando la puerta sin mirar atrás y sin que peligre nuestra integridad; así que, por nuestras madres, abuelas y bisabuelas seguiremos diciendo lo que pensamos aunque a muchos no les guste; continuaremos impulsando nuestros proyectos laborales sin ayuda de ningún hombre; permaneceremos en la búsqueda de las cosas que nos gustan y las que no; ejerceremos nuestra sexualidad como se nos antoja; no dejaremos de ser asertivas y, mamás o no, desempeñando nuestros roles maravillosamente como lo que somos: mujeres.

Ni putas ni santas, ni hijas de puta.

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