ENVEJECER

Por: Mónica García

Si el desgaste corporal empieza muy temprano en el ciclo vital (podría decirse que casi en el mismo momento en que se completa el desarrollo) ¿Con qué criterios determina la sociedad que estamos viejos? Se considera una persona “mayor” a quien sobrepasa los 60 años pero, ¿es aplicable a todas las culturas, en todos los contextos y a todos los fenotipos? ¿Cuándo en realidad empieza a constatarse el aparente declive?

Resulta paradójico que en el convulsionado mundo actual cada vez se nos califica de ancianos a una edad más temprana, pero a la vez se prolonga la senectud a través de tratamientos médicos y otros artificios como retoques fotográficos, procedimientos estéticos, inyecciones, gimnasios y hasta cirugías. Se quiere ocultar lo que es evidente, como si en vez de orgullo por haber superado los avatares de la existencia para llegar a la cima de la edad generara vergüenza, como si no fuera un fenómeno natural sino una especie de pecado que se debe castigar con el ostracismo, con desaparecer de la vida social, con tener que abstraerse del goce de todas las cosas.

Solo alguien que cuenta con una edad que para la sociedad es “avanzada», puede entender lo cruel que llega a ser intentar subsistir en un mundo que pareciera buscar con su desprecio exorcizar el miedo que le provoca envejecer, porque significa pasar a ser parte del grupo de los rechazados, de los que deben ser inmunes a las burlas, a los comentarios indiscretos y en su manifestación más extrema, a la segregación misma.

“¿Por qué” –se pregunta el que madura-, “si mis canas en el espejo y las personas, crueles algunas, inocentes otras, dicen que estoy cerca de ser un viejo, mi cuerpo y mi mente palpitan más que antes? ¿Tal vez porque he constatado que nuestro tiempo en este mundo es finito y lo que despierta más las ansias de vivir es haber visto -con las alegrías y sufrimientos que supuso- de lo que como especie somos capaces, de lo maravilloso tanto de lo complejo como de lo simple en la naturaleza, algo que no podría haber vislumbrado en la convulsionada adolescencia o la resplandeciente juventud? ¿Si he crecido y aprendido tanto de mis errores, por qué se me niega la posibilidad de empezar de nuevo, de tener sueños, de aferrarme a lo que me queda de vida mucho más que cuando estaba en la flor de la edad?”

Los Estados, especialmente en países como el nuestro, deberían tener más y mejores políticas frente al tema, que incluyan protección económica -como la posibilidad de pensionarse a quienes no tuvieron la oportunidad de cotizar-; pero también fomentar la inclusión de otras maneras: en lo laboral y en lo educativo, por ejemplo, y con programas que no sean solo para que los adultos mayores diviertan a los mandatarios de turno bailando ritmos folclóricos, sino que les den la dignidad y el puesto que se merecen valorando todo su conocimiento y sabiduría, en esta cultura que es cada vez más gerontofóbica.

Que se sepa que no hay nada de malo en envejecer. Y menos en reconocerlo.


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