¿CUÁL ES NUESTRO DEBER COMO CIUDADANOS?

Por: Mónica García

Cuando uno no es fanático ni de sí mismo se sorprende con fenómenos como el que despierta el fútbol a su alrededor: el fervor por un equipo y los colores de una camiseta, la pasión con que lo apoyan sus hinchas en diferentes plazas alrededor del país y del mundo a pesar de sus altibajos, no dejan de ser sucesos que avivan la curiosidad de las personas medianamente inquietas.

Es inevitable que surjan preguntas como ¿y si una pequeña parte de ese ardor se volcara en las verdaderas necesidades de la población? ¿Si fuéramos adeptos de causas como la mejoría y gratuidad en los servicios de salud y educación, de un sistema que no siga siendo abusivo con muchos y dadivoso con pocos? Sería fantasioso pero interesante imaginar a toda esa gente que ve los partidos movilizada contra la desigualdad, las guerras, los robos de nuestros recursos, la mentira descarada de los políticos que hacen carrera a punta de comprar conciencias, y no solo por un evento de dos horas que en nada cambia la realidad de los ciudadanos. Claro, es mucho pedirle a los individuos, pero especialmente, a un espectáculo que ha sido creado y alimentado con el fin de distraer, que tenga un propósito pedagógico o concientizador.

Este deporte, que no es más que otra forma de entretenimiento y consumo (para nadie son un secreto las millonarias ganancias que deja a los dueños de los equipos y a las empresas involucradas con todo el mercadeo que lo rodea) despierta tantas emociones y llena tantas brechas afectivas en los seres humanos, que definitivamente el arte o la cultura ni siquiera sueñan con alcanzar tales niveles de masificación. Y si bien lo que se nos pide como miembros de una sociedad es producir y consumir objetos, espectáculos y servicios, por esta vía no se llega a ser mejor ciudadano; tal vez con ello se obtenga cierta tranquilidad y aceptación, pero a la vez se genera entre unos y otros competencia y a la larga mucha frustración.

Es posible imaginarse, ¿qué pasaría si los gobiernos invirtieran recursos en otras cosas además de lo necesario y de lo mucho innecesario, como por ejemplo, mejorar la convivencia? ¿Qué tal si se nos enseñara que cada paso que damos no debe perjudicar a los demás, si se educara a la gente en la ayuda al otro, los niveles de violencia no disminuirían considerablemente? Si ese señor o señora no llegara al banco indispuesto por haber sido casi atropellado por un carro lujoso a toda velocidad, o por haber viajado de pie en el transporte público porque nadie se dignó a compartir un asiento, tal vez no pelearía con los cajeros, si estos a su vez hicieran su trabajo responsablemente y no se tomaran demasiadas pausas para charlar mientras la oficina está llena…

¿Si se instruyera a todos en el cuidado del espacio público no arrojando basuras, en el respeto por los ciclistas y peatones, a estos a su vez a detenerse y cruzar, no sólo en los semáforos en rojo, sino por donde deben hacerlo y a los motociclistas a no circular en contravía ni por los andenes? ¿Si retornáramos al saludo amable, a ceder el paso, a prestar ayuda al que lo necesita, al discapacitado?

Para ser ciudadanos “de bien” muchos necesitan pastores o gurús, porque su libro sagrado les dice que no confíen en su razón, que por el contrario crean en toda suerte de charlatanes y embaucadores… ¿Y si en vez de repetir textos bíblicos generáramos consciencia y espacios de crecimiento personal en vez de adormecer el pensamiento? ¿Por qué lo descubierto sobre la manera adecuada de desarrollar la convivencia no se traduce en hechos concretos sino en un cada vez más exacerbado individualismo?

No se trata de que todos obtengan un diploma, sino de que el sentido de la vida sea verdaderamente aprender a convivir entre nosotros, con las demás especies y con el mundo, no acumular bienes materiales o experiencias para mostrar en los currículos o en las redes sociales. En ese caso nuestras vidas no tendrían más finalidad que llegar al otro lado siendo mejores personas, pero sobretodo, mucho más sabios.


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