DICOTOMÍA DEL SER: UN VISAJE DIFERENTE

Por: Dayan Carrión

No es difícil oír en estos días aquellas movidas motivacionales con un enfoque neomantrasocioespiritual que se justifican a sí mismas a partir de frases genéricas como “La vida es un viaje y hay que saberla vivir” que es icónica; “La belleza está en tu interior” usada por locuaces entre sus parlas menos deterioradas; o aquella famosísima “Hay que encontrarnos con nosotros mismos” que genera cierto grado de alipori repetitivo.


Y así, existen otros usuarios del “Eres arte” que no aportan mucho más que un intento vano de obtener significancia aparentemente profunda. Expresiones evocadas por aquellos que, a su manera, deforman súbitamente la experiencia misma de existir, sugiriendo que el hecho de estar vivo implica ser algo inevitablemente simple, inmerso en un marco de positivismo generalizado que no compagina con la hostilidad del día a día; coméntale sobre los beneficios del yoga al mendigo con el gale/sacol pegado en los labios, o explícale las mejores formas de mindfulness introspectivo al joven mesero que estudia y trabaja porque papá no existe y mamá está en cama.


Cómodo sería afirmar también, desde un ojo subjetivo, que vivir es peligroso…, una real tortura, y que la mejor opción es resguardarse en uno mismo, sin incluir a nadie al club de la zozobra. Esa es otra moda caché, cambiar el mundo de rosas por una realidad de odio a todo y a todos. Cuidarse de lo que hay allí afuera, siempre a la defensiva sin importar de qué o de quién se trate. Es una premisa similar a la de aquel filósofo cuando, por medio de su obra escrita hace más de un siglo, dijo: “En verdad yo desconfío de vuestra pérfida belleza; me parezco al amante que no se fía de una mirada demasiado suave”. ¿Quién podría afirmar con seguridad que conoce el pleno sentido de la vida? En realidad, solo basta con preguntar a cualquiera que camine frente a la grada: ella, por ejemplo, ve dicho sentido en su abuelita Fanny, o quizá si le preguntas a él diga que está en su gato Milaneso, o incluso a ellos, responderán que se trata de Yavé. Esta continua e incesante búsqueda de reglas está muy presente, como si el fin de la vida se limitara a seguir directrices para no sufrir, a tallar tan profundo en la mente y no detenerse hasta encontrar un lugar tan álgido que, entonces, ya nada pueda tener contacto con nuestras ganas de pedir ayuda, de anhelar compañía.


Es así como observas aquella dicotomía que inspira el comprender la fragilidad de nosotros mismos, vasos sanguíneos ungidos en perfumes de revista y poros cubiertos de maquillaje difícil de quitar: no sabes si deberías (1) jurar lealtad a la moral altruista y tomar como propias las lágrimas de desconocidos o (2) ignorar el sufrimiento ajeno, parándote duro como activista acérrimo del “lado bonito” de esta “gran oportunidad universal” llamada VIDA [pista: la opción 2 es la menos dolorosa]. Estando allí, de pie, descubres que no se trata de “Hacer”, sino, en lo posible, de “Ser”. No importa más lo que hace la prostituta en las luces rojas, sino la familia que protege con su labor, pues ES una buena madre.


Muy seguramente no contaremos con la suficiente amplitud como para salvar al mundo, pero sí para aceptar las desventuras con más entereza. Nada de hacer de la vida un anodino viaje, esos están planeados por detalles dispuestos con minucia: esto de vivir es un visaje diferente.


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