Por: Felix Mario Galvis
Ufff pero… Qué difíciles que han estado estas elecciones, ¿no? Es decir, todas las elecciones son pesadas y tormentosas, pero como que estas han estado particularmente jodidas. Por supuesto que son muchos factores los que hacen que sea así: en general, los gobiernos del mundo parecieran empeñados en querer empeorar las situaciones que ya de por sí están bien jodidas, lo que genera cada vez mayores incertidumbres e inseguridades, destruyendo deseos de siquiera vivir en una sociedad tan deshecha moralmente y con tan poco cohesión e interés genuino por el otro y por uno mismo. Más que nunca pareciera una total ingenuidad tener la esperanza de que las cosas puedan mejorar, y pareciera preferible abocarse a la apatía para evitar la anulación de la consciencia, llegando a vender el voto o cambiándolo por un contrato a algún candidato despreciable y cuestionable.
Pero precisamente es esa gente la que quisiera que me leyera con mayor detenimiento: aquella persona que se siente cansada, extenuada, asqueada o apaleada por tanta inmoralidad, inmadurez, violencia e intransigencia; no me dirijo (por lo menos en esta ocasión) a quienes ya no sienten nada de eso y simplemente se han regalado al cinismo y la sinvergüencería, siendo capaces de regalar el futuro de nuestro departamento y nuestros hijos a cambio de baratijas; me dirijo a quienes nos golpea la realidad de que, al parecer, independiente de los resultados del domingo 29 de octubre estas elecciones han sido una gran derrota, a quienes quisiéramos que existieran claridades sobre el debate político y que aun cuando queremos pensar que no todos son iguales, la desesperanza se convierte en desesperación porque «es nada más que llegue y se tuercen o no sirven para nada, ¿no ve al viejito del megáfono, o a Daniel Quintero en Medellín o tantos otros ejemplos?».
Y es que no voy a cometer la pamplinada de decir que la política no es un medio que está planteado en este momento para favorecer a los más bribones, a los más pirobos, a los más sinvergüenzas y mentirosos. Claro que no, porque así es. Y no voy a decir que la mayoría de consciencias de nuestro departamento y nuestro país no están compradas ni enmudecidas por la vanidad de la victoria o los nimios brillos de unas cuantas monedas de oro, justificados todos en la gran necesidad que se vive, como si aquellos a quienes se les vende la consciencia y les rinden pleitesía no fuesen los principales responsables de este estado de necesidad y precariedad cada vez mayor en el que vivimos, no. No puedo decir eso porque es así. Pero no es a esas consciencias vendidas a quienes les hablo, sino a quienes vemos estupefactos tan bochornoso espectáculo, en el que indecorosamente se premia la bribonería, la destrucción y la total apatía ante el dolor y las necesidades de cientos de miles de cucuteños, nortesantandereanos y colombianos, y no sabemos qué hacer con tanto dolor, ira e indignación, al punto de que, tal vez, como mecanismo ante la frustración de no saber qué hacer ante eso, preferimos simplemente mirar a otro lado.
Y precisamente por eso me interesa es hablarles a esas consciencias aun incomparables, para que no miremos a otro lado, para que no cedamos ante la complacencia y la facilidad, para que podamos darle formas cada vez más poderosas, empáticas y hermosas a ese dolor, a esa ira e indignación que nos causan están situaciones. Lograrlo es para nada sencillo, claro está. Pero en ese gesto de enfrentar la realidad como en realidad es, al tiempo que asumo mi compleja pero esencial calidad de agente, es que puedo engrandecer mi dignidad humana y doy importancia a todo lo bello y elevado que tenemos como humanidad: la comprensión, la comunicación, la antelación, el compromiso, la responsabilidad, como ejercicios que permiten el ejercicio de la virtud y la excelencia de nuestra especie.
Para comenzar, hemos de aprender a observar con ojos compasivos a aquellos a los que, por lo menos en este escrito, no me estoy dirigiendo: a quienes venden su consciencia, y aun más, a quienes las compran.
Sí. Observar con una compasión que comprenda el extravío de su alma, pues ellos se están fijando en cosas materiales que comprometen en realidad su más elevada naturaleza. Así como también podemos aprender a observar con lástima la total soledad del déspota, de aquel individuo que compra consciencias, que no conoce la amistad ni el amor, sino que todo en su vida es tan solo una transacción, algo para poseer, utilizar y desechar, que toda su vida está plagada por el miedo que manifiesta su necesidad de denominarlo todo a su paso porque en cualquier paso en falso, la verdad podría emerger y le mostraría la mentira que vive y que es.
Por supuesto, esta compasión con la que vemos a estos personajes no los exime de la responsabilidad que tienen, pues deben contestar ante la justicia y ante la historia su complicidad con el mal que hacen y del que desesperadamente han buscado beneficiarse. Pero al observarlos con compasión y permitirnos comprender un poco más sus miedos, podemos entender, por ejemplo, cómo dichos temores, como casi todos, se basan en una fuerte ignorancia, en un desconocimiento profundo que los lleva a verse como desamparados o desconectados del mundo. Por eso las personas buscan su beneficio personal en vez de instar por el derecho social, por lo que puede y debe ser de y para todos. Fragmentarnos cada vez más, como lo ha logrado el neoliberalismo y el emprendedurismo hegemónico actual, solo continúa erosionando las nociones de lo público y de lo común, por vernos como individuos separados en constante pugna, a la cual solo el miedo y el interés monetario (o sexual) pueden poner freno. Por eso, necesitamos insistir en construir nuevas nociones de lo público, de lo humano, del interés recíproco que deje de vernos tanto a los demás como a nosotros mismos como meros objetos de intercambio o ganancia. Y para esto, necesitamos compasión, alegría, discernimiento, compromiso y formación. No se trata de dejar de lado la indignación, la ira o el dolor que nos genera observar tanta injusticia, indiferencia y violencia, sino de encausar correctamente esas emociones para apalancar acciones mucho más conscientes, que apunten a transformar de maneras reales y estructurales situaciones ante las que muchas veces sentimos que no podemos hacer nada pero solo nos falta afinar nuestro entendimiento y relación con el mundo, sus instituciones y vicisitudes.
Por eso necesitamos, dentro de muchas otras acciones, votar con alegría, con convencimiento de que poco a poco iremos construyendo nuevas formas de hacer política y de ser políticos, de pensar nuestra ciudad y nuestras dimensiones (individual, nacional, planetaria, universal) de maneras mucho más integrales y conscientes, con mayor paciencia y compromiso, en la que nos eduquemos y nos escuchemos con mayor compasión y comprensión, caminando de maneras cada vez más colectivas nuestros caminos y enfrentando los desafíos que yacen ante nosotros. De verdad que depende de nosotros y de cada uno de nosotros, de cada uno de nuestros días, a aprender a apreciar nuestras más altas posibilidades humanas, y a ejercitar nuestras más hermosas virtudes y emociones, para no dejarnos vencer por el facilismo de la desesperación, la concupiscencia y la inmediatez. Nuestro trabajo debe alzar la mirada y entender el largo plazo, pero también observar nuestro camino diario y cotidiano, desde las elecciones hasta la manera en la que manejo, dispongo de mis basuras, le hablo a mis familiares o me relaciono con el Estado y las leyes. Existe un largo camino de comprensión y amor, pero solo podemos recorrerlo paso a paso, porque ese largo camino es la comprensión y el amor diarios.
Invito nuevamente a que votemos con alegría, siempre teniendo en mente que en lo social no existen las soluciones ideales o perfectas, pues estas son cuestiones normativas, mientras que sólo en las cuestiones explicativas es donde existen tan solo una respuesta correcta. Aquí hay varias, de acuerdo a los ideales o intereses que cada cual ostente, pero en la que un intelecto cada vez mejor afinado y un corazón más consciente nos muestra respuestas que es importante no dejar de lado.
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