¿POSITIVISMO TÓXICO?

Por: Mónica García

Todos los días miles de publicaciones que llegan sin buscarlas te dicen que es muy fácil ser feliz, solo depende de que cambies tu actitud frente a la vida y dejes el pesimismo, que pares de quejarte porque eso no te lleva a ninguna parte, porque si lo deseas tus sueños se harán realidad y puedes ser exitoso y millonario haciendo lo que te gusta, pues –como decían varios best sellers de hace algunos años como El secreto-, “el universo se confabulará para que logres lo que tanto anhelas”.


Y sí, a veces logran animarte y sientes que eres capaz de cualquier cosa, piensas que sólo te ha faltado un impulso y creer más en ti mismo (no importa que este sea un país en el que hay pocas oportunidades para quienes no nacieron en el seno de una familia acomodada o no tienen alma de emprendedores ni desearon inmiscuirse en negocios turbios), porque esta es una tierra donde todo está por hacer y que por eso sólo hay que ponerle empeño: ¿acaso no hay un montón de ricos industriales que se hicieron “a pulso? ¿No es una realidad que hay artistas que salieron de barrios marginados y hoy son mundialmente famosos y multimillonarios? ¿No ha surgido una generación de personas que sin tener educación ni talento se volvieron influenciadores y ganan miles de dólares? Te convences de que en últimas solo es cuestión de “echarle ganas”, porque ninguno llegó arriba siendo perezoso, cómodo, exigente o “contestatario”. Pero, nos hemos preguntado, ¿qué tan positivo es este positivismo?


Si bien la motivación es importante y se debe tener una visión optimista del mundo (manteniendo a raya los pensamientos negativos que pueden provocar enfermedades como ansiedad y depresión), desconocer el contexto del país y del mundo en el que vivimos, en que el dinero ha invadido todos los aspectos de la existencia fomentando la competencia desmedida y desplazando la solidaridad, cooptando los valores, destruyendo los lazos que como seres débiles construyeron con los otros nuestros antepasados para poder sobrevivir; una sociedad que ha dejado a un lado la honestidad, el decoro para ponerle precio a todo hasta a la propia vida rebajándola y destruyendo lo que nos hizo avanzar como especie; esa filosofía de centrar el éxito en una decisión individual nos impide ver la vida como un todo y movilizarnos en pro de los cambios que son necesarios para garantizar la supervivencia de todo lo que hay en el mundo –no solo nuestra especie- y que cada vez se ve más amenazada por la voracidad de la depredación.


Porque en esta sociedad de “redes” que son sólo de mentiras, de perfiles muchas veces falsos agregados sin ningún criterio a nuestros contactos, a veces olvidamos que esas no son relaciones de amistad y mucho menos de hermandad; porque son tan superficiales que se basan solo en lo que cada uno quiere mostrar de sí –que por supuesto es lo más agradable y brillante que tenemos para impresionar a otros- entonces, ¿qué importa si voto mal, empeño mi voto o no ejerzo mi deber como ciudadano si todos los días recibo cientos de “me gusta” en mis redes? ¿Para qué cambio mi conducta indiferente o expreso mi desacuerdo con lo que está mal, con la corrupción de nuestros dirigentes, para qué voy a salir a marchar o a protestar si lo que debo descubrir es cómo facturar y así poder gastar a mis anchas con solo dar un click en cosas que no necesito, solo para sentirme más poderoso e importante que los otros? ¿En qué me afecta si el mundo se cae a pedazos, si cada vez se contaminan más las fuentes de agua y se destruyen los bosques, qué más da que el futuro de las nuevas generaciones se vislumbre desolado si el mío es brillante como la escarcha?


Y es así como el mundo de la futilidad reemplaza al real, uno que está lleno de múltiples problemas que no se solucionan ni con cientos de likes, sino con acciones concretas.


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