PROFECÍA CUMPLIDA

Por: Paranormalicus

Anna se encontraba en su acogedora habitación leyendo uno de los muchos libros que atesoraba en sus estanterías cuando sus amigas, Laura y Sofía, irrumpieron con entusiasmo.


«Anna, ¡tienes que venir con nosotras esta tarde!», exclamó Laura, con una sonrisa traviesa «Hemos encontrado a una echadora de cartas increíble y tenemos que conocer nuestro destino». Anna levantó una ceja, intrigada, «¿Una echadora de cartas? ¿En serio?» Sofía asintió emocionada. «Sí, dicen que tiene un don real para ver el futuro. Es la oportunidad perfecta para saber si por fin encontrarás novio», y se rió de su propia gracia.


Aunque Anna era escéptica, la curiosidad pudo más que su incredulidad. Aquella tarde, las tres amigas se dirigieron a una pequeña casa en la zona antigua de la ciudad. La misteriosa mujer que las recibió, a pesar de ser bastante joven, tenía ya el cabello plateado y ojos penetrantes. «Me llamo Madame Elara», dijo la mujer con una sonrisa. «¿Qué os trae aquí hoy?» Laura y Sofía explicaron su deseo de conocer el futuro, mientras Anna observaba con atención el extraño juego de cartas esparcidas sobre una mesa.


Madame Elara asintió y les hizo entrar en una habitación llena de velas aromáticas y cortinas rojas. Anna, aún escéptica, se sentó junto a sus amigas mientras la echadora de cartas comenzaba su ritual. Después de unos momentos de silencio, Elara empezó a interpretar las cartas. Sus ojos se ensombrecieron mientras estudiaba las imágenes en las cartas. Finalmente, alzó la mirada y fijó sus ojos en Anna. «Tú… Anna», dijo con voz temblorosa, «debes saber algo. Hoy, tu padre va a morir. Y… y tú serás la causa de su tragedia».


Anna sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. «Eso no puede ser verdad», murmuró. Sofía y Laura la miraron con preocupación. «Anna, no te lo tomes en serio. Es solo una lectura de cartas», intentó consolar Laura. Sin embargo, Elara las despidió rápidamente y sin cobrarles. Antes de irse, le dijo a Anna: «Lo siento, niña, pero deberías despedirte de él mientras estás a tiempo».


Cuando Anna y sus amigas salieron de la casa de la mujer, el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte. Si la predicción de la echadora de cartas era cierta, a su padre solo le quedaban unas pocas horas de vida. Pese a las palabras de ánimo de sus amigas, la muchacha no podía evitar pensar que ella y su padre habían discutido unas horas antes y que antes de irse, dando un portazo, le había dicho con odio: «¡Deseo que te mueras!» Anna sacó su teléfono y marcó el número de su padre.


Después de varios intentos fallidos de comunicarse con él, decidió volver a casa. Condujo, con nerviosismo, el teléfono en la mano, esperando una llamada que confirmara que su padre estaba a salvo. Al entrar en su calle, el teléfono empezó a sonar; era su padre. Enfocada en la pantalla, no notó que su padre, ajeno a todo, cruzaba la calle para tirar la basura. El coche avanzó rápidamente hacia él, y Anna, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón en la garganta, se dio cuenta demasiado tarde. En un intento desesperado por evitar la colisión, Anna giró el volante con fuerza, pero el coche chocó violentamente contra un poste de luz. La calle quedó en penumbras por un momento, sumida en la oscuridad que reflejaba el tormento de Anna. Cuando finalmente la luz volvió a iluminar la escena, Anna se temió lo peor. Pero cuando vio a su padre levantarse ileso del suelo, un torrente de alivio la inundó. Las lágrimas rodaron por su rostro mientras corría hacia él y lo abrazaba con fuerza. «¡Papá, te amo!», susurró Anna entre sollozos, sin importarle la reprimenda que sabía que vendría después. La noche llegó con una Anna aun profundamente afectada por los eventos de ese día.


El peso de la predicción de Madame Elara y el episodio en la calle habían dejado su mente turbada. Se metió en la cama con la esperanza de que un buen sueño la ayudara a liberar el estrés acumulado. Sin embargo, la paz de su sueño se rompió cuando, a la mañana siguiente, los sollozos de su madre en la cocina la despertaron bruscamente. Anna, asustada, se levantó de un salto y corrió escaleras abajo. El corazón le latía con fuerza mientras imaginaba lo peor. «¿Qué sucede, mamá?», preguntó Anna, con los ojos llenos de temor. «¿Papá está bien?» En ese momento, su padre entró en la cocina con una expresión sombría en el rostro. Tomó a Anna por los hombros y la abrazó con ternura antes de hablar.


«Tu madre está muy afectada, nuestro vecino, su profesor de yoga de durante más de 20 años, falleció ayer. Durante el apagón, se cayó por las escaleras y se rompió el cuello.» Anna, estupefacta, solo pudo pensar en que el destino tenía un cruel sentido del humor.


La profecía de Madame Elara se había cumplido, pero no de la manera que nadie había imaginado.


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