NACER, TRABAJAR Y MORIR

Por: Liza María Cobos Parra

Algunos crecimos con una frase determinante para nuestro trazo por este plano terrenal. Dicha frase, aparentemente enmarca un único objetivo de estar vivos: “el trabajo dignifica al hombre”. ¿Cuántos hicieron de esta frase una insignia? ¿Cuántos han enderezado su cuerpo, lustrado zapatos, ajustado corbatas, alisado cabellos y se han montado en el traje de oficinista para honrar este mandato?


El trabajo, al menos desde este discurso colectivo, está estrechamente relacionado con el progreso de una sociedad y desde esta óptica el trabajo cuantifica las capacidades y talentos de la humanidad. Quien trabaja ocupa un lugar en la maquinaria productiva de su entorno y sobrevive al mismo. Por tanto, es común escuchar en reuniones sociales a personas presentarse, mencionar su nombre y acto seguido comentar sobre sus trabajos. De igual modo, en las familias cuando los padres hablan en sociedad de sus hijos, ensanchan su pecho refiriendo el puesto y lugar de trabajo para sentirse quizá aceptados por su nicho.


En todo lo anterior, no es relevante las condiciones o el costo de tener un empleo; el cubículo de 80 x 80 cm, las extensas horas frente a una pantalla, frente a los quehaceres de su oficio sin la posibilidad en algunos de ver el sol. Desde la escuela se nos educa para trabajar, crecer para tener un empleo, trabajar y morir. Entonces, ¿cuándo queda tiempo para vivir? Juegan tanto con nuestro pensamiento, emocionalidad y la postura de la existencia misma en el mundo con este discurso que ya comprenderán por qué perder un trabajo o no tener trabajo impacta la salud física y mental de un sujeto.


Pero, ¿Existe otro modo de ser alguien para esta sociedad productiva?


Al menos desde otras perspectivas, la urgencia de ser alguien vital está en la contemplación y la inactividad, a este camino nos orienta el filósofo contemporáneo Byung-Chul Han quien refiere: “el dormir se considera una actividad” no vayan a pensar que nos quieren bellos/bellas durmientes. Lo anterior, pretende situarnos en lo transcendental del descanso para mejorar destrezas corporales y espirituales, el descanso como recurso de vida.


En consecuencia, es posible ocupar un lugar para sí mismo y para el otro a partir de otras posibilidades como la escucha, de la observación y contemplación. Esto en principio es una postura intelectual y espiritual, de manera que el intelecto exento del marco laboral recobra un lugar relevante para existir. Es decir, no es meramente inteligente quien tiene un trabajo. Otra de las opciones para romper ese camino trazado en el imaginario social está en reencontrarse con el niño/niña que fuimos, donde se podía ser bombero y cantante a la vez, jugar y ser maestra, médico y pintar las paredes. En otras palabras, no ser una sola cosa, no ser un trabajo que sí bien proporciona calidad de vida y bienestar, no es consecuente perder la vida enclaustrado en un trabajo.


Cuando llegue la parca a nuestro paso, sería deprimente mencionarle que el tránsito por la vida estuvo enmarcado en trabajar, trabajar y trabajar sin darle lugar al propio sentido de vivir porque para eso, no hay tiempo.


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