LO QUE NO SE NOMBRA SÍ EXISTE

Por: Mónica García

A. Mujer (20 años) venezolana, estudios: primaria.

En su país natal tuvo una hija con su compañero sentimental, hace dos años y medio emigraron a Colombia; la madre de ella ya vivía en el país y como él la golpeaba repetidamente cada vez que consumía sustancias psicoactivas, A. decidió separarse mudándose con la niña a casa de su madre. Hace aprox. tres semanas su ex compañero fue a la casa de la mamá de A. para llevarse a la menor, como A. se opuso y en medio de la discusión, el hombre sacó un arma con la que le disparó en la cara. Aunque el arma no detonó, ella resultó con una gran quemadura en el rostro y un ojo lastimado por la pólvora, del que aún no sabe si recuperará la visión. A. fue declarada en riesgo alto de feminicidio y se encuentra en un refugio con su pequeña hija. El hombre está libre.


A los colombianos, pero especialmente a los habitantes de la zona de frontera con Venezuela se nos ha vuelto “paisaje” recibir a diario noticias sobre asesinatos o violencia física, abusos sexuales y todo tipo de vejámenes contra las mujeres a manos de sus compañeros sentimentales, ex parejas, familiares y desconocidos. Los números no paran de crecer y son recurrentes los casos en los que la víctima había denunciado y su queja fue minimizada o desatendida por las instituciones responsables, asentándose esta problemática en una gran base de impunidad, pero también, en un imaginario plagado de machismo y alimentado por siglos de dominación patriarcal sobre los derechos, los cuerpos, los bienes materiales y hasta el pensamiento de las mujeres.


Para muchos, hablar de patriarcado es anticuado en un mundo en el que hay presidentas de países y corporaciones, parlamentarias y profesionales en casi todos los ámbitos de la vida social; sin embargo, desconocer que algunas prácticas de discriminación persisten, aun en las sociedades más avanzadas, es de una miopía preocupante. Las mujeres están –estamos- muy lejos de alcanzar la equidad en acceso al empleo, salarios devengados y en horas de trabajo no remunerado con respecto al género masculino.


Aún son ellas –nosotras- las que llevan la mayor carga del cuidado del hogar aunque desempeñen otras labores, persistiendo todavía la idea en un amplio sector de la sociedad de que están para servir al esposo y cuidar a los hijos, con la consecuente reacción violenta que surge cuando los hombres creen estar perdiendo su poder sobre ellas y deciden abandonar a sus maltratadores llevándose consigo a sus pequeños o rehacer sus vidas con otra pareja. Sobrevienen entonces las golpizas, los abusos sexuales, los ataques con ácido, las puñaladas, el uso de armas de fuego que en muchos casos las llevan a la muerte, en un intento por aleccionarlas, castigarlas o simplemente como forma de venganza.


Y aunque las cifras dan cuenta de un gran número de casos de violencia doméstica con integrantes de la misma familia como victimarios, los abusos por parte de personas ajenas al vínculo –ya sea en el ejercicio de la prostitución o en el desempeño de otras actividades-; del abuso sexual a mujeres y niñas que son justificados con argumentos como “¿para qué andan solas?” o “es que se visten provocativamente”; el asesinato de mujeres de todas las edades y que se ha ensañado particularmente contra el creciente número de migrantes venezolanas, hacen pensar que es imposible sentirse seguras, no solo en los espacios públicos, sino en el seno del propio hogar.
Por esto no podemos permanecer indiferentes, pues tratándose de la mitad de la población, de quienes tienen –tenemos- la capacidad de dar vida y ser una gran fuerza social y económica, cualquier amenaza contra su integridad –la nuestra- pone en peligro la supervivencia de toda la sociedad.


ES IMPORTANTE RECALCAR QUE NO HABERLA VIVIDO O EJERCIDO NO SIGNIFICA QUE NO EXISTA.


Apartes del trabajo de grado de Maestría “Un análisis de la Violencia Basada en Género en la ciudad de Cúcuta 2021-2022” de mi autoría.


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