El ODIO COMO CONSUELO PARA UN MUNDO INCONSOLABLE

Por: Felix Mario Galvis

En estos días murió Luis Alfredo Garavito, un sujeto ominoso, más allá de lo monstruoso, irredimible.


Es imposible pensar en el sufrimiento que este individuo causó con las atrocidades que cometió, no sólo a sus víctimas directas, sino la manera en la que desgarró a cientos de familias.


Por supuesto, las expresiones de alegría y jovialidad por la muerte de Garavito no se han hecho esperar. Los únicos lamentos que se han encontrado son aquellos que piensan que el hombre no sufrió lo suficiente en vida y que desean que arda eternamente en el infierno.


No me interesa posar de bien pensante en este aspecto repudiando la alegría que a la mayoría de gente puede causar la muerte de una persona. Pero sí he reflexionado en la utilidad o el sentido de ese regocijo, y en realidad solo me he encontrado con que parece ser una especie de consuelo ante el total inmovilismo e incapacidad que tenemos como individuos para dar una respuesta efectiva y real al terrible flagelo que aún se vive con tanta intensidad en nuestro país: la violación y asesinato de niños y niñas. Porque honestamente, nuestras acciones son nulas en ese respecto; a lo sumo, algunos candidatos a cargos de elección popular han aumentado su aceptación a través del llamado “populismo punitivo”, que promete aumentar los castigos pero que, ya se ha demostrado, no sirve en lo más mínimo para de verdad hacerle frente a este terribilísimo fenómeno social.


Y ante esa incapacidad, ante esa impotencia, optamos por el odio, por la violencia, por exterminar y arrasar, porque, ¿qué más queda, ¿no? Al menos lavamos nuestra consciencia sintiendo que tomamos partido por la víctima al querer extinguir al victimario, así aparezcan diez verdugos más por cada uno que matemos, porque al menos estamos castigando a alguno.


Pareciera que no importa cuál sea la causa social o política de la cual hablemos, el imperativo social actual es: “odia a Petro u odia a Uribe; odia a Vicky u odia a Coronell; odia a Hamas u odia a Israel; odia el mal u odia el odio. No te dejes. Asume bando. Siempre batalla. Siempre el asco. Siempre la ira. Si no, la resignación; si no, la cobardía y la complicidad. Así no hagas nada: odia.”


Así, cada barbarie simplemente reemplaza a otra, sin llegar a crear soluciones reales para las terribles situaciones que como humanidad enfrentamos y seguimos repitiendo estúpida e incesantemente. Necesitamos fortalecer los mecanismos de prevención y las redes de apoyo (por no decir crearlos, porque en este país parecieran no existir), así como enfatizar mucho más en enfoques de justicia reparativa y restaurativa; debemos construir formas de educación cada vez más consciente -no sólo en términos de educación sexual-; urge tener cuidado con la superflua y la hipertrofiada sexualización con la que cada vez más nos acostumbramos a vivir, y, en especial, con esa violencia nacida de la impotencia por no poder transformar a nuestro antojo el mundo y que nos termina alejando de la posibilidad de comprender las relaciones que tienen nuestra cotidianidad y nuestras más íntimas relaciones con ese mundo abyecto y ajeno que no se deja esculpir por nuestros caprichos.


El trabajo por la expansión de la consciencia, la luz y la unión es el más importante en este momento en nuestro planeta, y el más difícil, pues son tantas las injusticias, son tan abismales las atrocidades y las monstruosidades a las que nos enfrentamos y que necesitamos transformar, que es arduo no caer en desesperación y angustia para quienes soñamos y trabajamos por un mundo mejor. Pero necesitamos entender que sólo a través de un largo proceso de comprensión de las diferencias y los procesos histórico-sociales, podremos encontrar respuestas efectivas a los siglos de violencia, desconsuelo, desesperación y codicia que sobre nosotros pesan. Luego, vendrán los laboriosos siglos para construir esas respuestas.
La invitación de esta semana es cuestionarnos sobre aquello que odiamos, que detestamos, a quiénes, y de qué nos sirve o ha servido ese odio; qué otras formas pueden existir de aproximarnos a ello, no solamente en lo externo, sino también en lo que vemos de nosotros mismos; cómo podemos movilizar acciones de transformación social e individual, no desde el hartazgo y la insidia que nos puede producir el estado actual de cosas, sino desde la gratitud y el amor por poder observar, imaginar y actuar el mundo y la vida de muchas maneras más de las que creemos. Ojalá para este mundo inconsolable sepamos crear formas de consuelo distintas al sanguinario odio al cual tanto nos hemos acostumbrado como motor principal de transformación.


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