UN COTIDIANO DÍA DE BAUDELAIRE

Por: Chavelly del Pilar

Levanta su mirada agotada sobre el techo agrietado, son las 7 am, y le pesa de por sí la existencia, no por el hecho madrugador, sino por la incertidumbre del día. Asoma la vista a la ventana y calcula lo que podría encontrarse perturbador. Desayuna un poco de café y contempla las noticias, están enrolladas sobre la tienda callejera diagonal a su lecho. No las lee, sólo las toca insaciablemente, como un papel que quema pero que no suelta de sus manos. Las arroja a la calle, las pisa y quedan suspendidas en un charco, reposan durante el día: este papel es el alcantarillado francés.


El café no le ha sido suficiente, va por un trago, el día se ha vuelto amargo con el encuentro de una noticia, las buenas nuevas o las indeseables. A tres cuadras está el bar que acostumbra, no contempla amistades, allí tampoco un fiador de tiempo completo. La única esperanza es el trago prometido del día, y quizá dos o tres prostitutas que acierta. Han sido par de tragos y a su vez han pasado un par de días, el tiempo ambivalente, no se determinan las horas en este lugar, tampoco las palabras. Es tanta la confusión del tiempo, que un transeúnte anacrónico le ha confundido por su aspecto a perro, con Diógenes, pero no, es atento al hombre ebrio, el personaje anacrónico se da cuenta que el perro se ha ido.


Ha escrito algo en sus hojas deshilachadas, que combina con su tercera noche desvanecida, recuerda hasta ahora: “vosotras que mi alma ha seguido hasta vuestro infierno”, alguien ha pasado desprovisto y ojea unas palabras que le convienen, es una mujer que ve en su alma una compasión intempestiva.


La mujer le toca en su ebriedad, reconoce su estado y le besa. Le toca aún más en cuanto palabra avanza, su mano sube a su cabeza, y resuenan las palabras: “Echadas en la arna como un rebaño pensativo, vuelven sus ojos hacia el horizonte de los mares”; Charles no se percata de su presencia, y la asume una revelación del inconsciente, es por ello, que inhala algo por su nariz, es nuevo pero le han prometido la intensidad de unas palabras, que se plantean así:

“Y sus pies que se buscan y sus manos rozándose tienen suaves desmayos y amargos estremecimientos”.


La gente cruza y nota el desaforado encuentro, Charles celebra los efectos femeninos que han provocado la nueva sustancia y emprende el verbo terrenal, mueve al igual que ella sus manos sobre el cuerpo, desde un romance familiar, no le ha besado la boca, pero sí el cabello, es un padre quizá:

“Unas, corazones embelesados en largas confidencias, al fondo de la arboleda donde de la arboleda donde murmuran los arroyos, van deletreando el amor de la infancia de la infancia medrosa y marcan el tronco verde de los árboles jóvenes”.


La mujer y su verdugo se han vuelto un acto bochornoso incluso en el bar de lo amoral, no conciben desde el público tanta familiaridad y romance a la vez, es el incesto más disimulado que han visto frente suyo, y lo contemplan sin aras de interrupción:

“Otras igual que monjas, andan lentas y serias entre las peñas llenas de apariciones, donde vio brotar San Antonio, como lenguas de lava, los pechos desnudos y purpúreos de sus tentaciones.


El espectáculo continuó sin avanzar, la mujer no se va, le toca sin tacto alguno, las prostitutas entran en la gran confusión del sexo sin predicción. Charles agradece las divinidades de la conciencia por tal espíritu que se le presenta. No cree en su experiencia fática, mientras todos le miran y le envidian, quieren participar, no comprenden la mirada impresionante de la mujer, el tacto insaciable y la generosidad de sus formas, pero desean estar en el lugar del ebrio que apenas se percata:


Hay algunas que, al resplandor de las resinas desbordantes, en la muda oquedad de los antiguos antros paganos, te piden que socorras sus fiebres vociferantes, ¡oh Baco, tú que aplacas los remordimientos ancestrales!, y otras, cuyo pecho prefiere los escapularios, que, ocultando bajo sus largos hábitos un látigo, mezclan en el bosque sombrío y en las noches solitarias la espuma del placer con las lágrimas de las torturas.


El cuerpo finito de Charles se desvanece sobre la mesa y cae su rostro en el inodoro improvisado del fondo del bar, ha dejado a la espera el encuentro divino del que todos le envidian, ha pasado quizá una semana o dos, no sabe del tiempo y no es su interés. La mujer que tiene los mil rostros, que ha llorado todas las lágrimas del mundo, y padecido los partos de todos los hombres nacidos hasta ahora, se ha ido, y con ella, mujer maldita: Charles.

¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos,oh mártires, generosos espíritus que reprobáis la realidad, ansiosas de infinito, devotas y satiresas,
tan pronto rebosantes de gritos como henchidas de llantos, vosotras que mi alma ha seguido hasta vuestro infierno, pobres hermanas mías, os amo tanto como os compadezco. por vuestros lúgubres dolores, vuestra sed no saciada y los cálices de amor que llenan vuestro gran corazón!



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