LAS HUELLAS Y CICATRICES DEL HORROR

Por: Nerio Luis Mejía


La comparecencia de Salvatore Mancuso, ante la Justicia Especial para la Paz, (JEP) ha dejado en evidencia las huellas del horror y las imborrables cicatrices de la violencia en Colombia, especialmente en la región de Norte de Santander, que a través de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desapareadas, (UBPD) han puesto al descubierto los hornos ladrilleros y las calderas de trapiches de caña, utilizados por los paramilitares en la región para incinerar los cuerpos de sus víctimas, con la intención de convertir en cenizas la verdad, que muchos años ocultaron en medio de las ruinas, de estas macabras estructuras, que una vez fueron el símbolo del terror que infringieron los criminales, sobre poblaciones enteras.


Mediante un solemne acto de perdón público, por parte del presidente de la república Gustavo Petro Urrego, a las madres de Soacha, víctimas de los falsos positivo, se podría considerar que la verdad avanza a pasos de tortuga, mientras los criminales, justifican y otros desmienten sus actuaciones en el peor y atroz crimen, que se haya cometido en este país contra la humanidad.


Lo que ocurrió y sigue ocurriendo en Colombia, debería trascender las fronteras de la justicia bananera, la barbarie que aquí se experimentó y se sigue viviendo, se podría equipar con los episodios oscuros vividos por los pueblos que sufrieron el rigor de la segunda guerra mundial, infringido por los nazis, el nivel de crueldad de la guerra en nuestro país, no ha tenido precedente en américa, desde lagos repletos de cocodrilos, leones, que tenían en sus propiedades los paramilitares y que alimentaban con los cuerpos de las víctimas, hasta hornos paneleros y ladrilleros, que adecuaron, con la más perversa y macabra intención de ocultar para siempre sus culpas, pero que la valentía de una sociedad que se resiste al silencio absoluto sigue luchando en la búsqueda de la más completa verdad.


Lo primero que debemos exigir como sociedad libre, es la reestructuración y depuración de la justicia en Colombia, ni los hornos han sido tan siniestros, como el papel desinteresado en hallar la verdad que ha jugado el sistema judicial colombiano frente las atrocidades del crimen, no podemos continuar repartiendo perdón público, de labios para fuera, cuando a la vez, estamos sentados, creando herramientas jurídicas, que le permitan a los perpetradores de los peores delitos gozar de la más completa impunidad, mientras las victimas seguimos tras las huellas del horror, en la búsqueda de la verdad y se puedan cicatrizar las heridas causadas por el dolor de la tragedia.


Negociar la paz, no es sinónimo del silencio, de quienes a peso de cilindros bombas, destruyeron poblaciones enteras, ni los que vieron en el patrimonio ajeno una forma de financiar sus ambiciones criminales, mientras sus víctimas morían en cautiverio; las almas de los feligreses en la iglesia de Bojayá, que una vez voló por los aires hacia la cita con Dios, por culpa de los despiadados, hoy nos acompañan desde el infinito haciendo un justo reclamo que pretenden borrar con un acto de perdón en público, mientras los culpables se pasean por los salones donde se crean las leyes.


No se puede hablar de justicia y verdad, mientras persista la tragedia, la barbarie se repite, esta vez sin hornos, ni cocodrilos, pero si con campos de concentración donde llevan a quienes no se ajustan a las normas que imparten los grupos armados en los territorios, sometiendo a sus víctimas a trabajos forzados, los ríos continúan como avenidas de la muerte por donde transitan cadáveres y las ciudades se ensombrecen con cuerpos desmembrados en bolsas de basura, lo que nos obliga a recorrer las huellas y cicatrices del horror.



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