CUANDO LOS HIJOS SE VAN

Por: Miriam Ureña

En el umbral de la puerta, bajo el cálido abrazo del hogar que durante años ha sido refugio y escuela, una madre observa cómo su hijo se aleja, cargando sueños y esperanzas, hacia un futuro incierto. Es un momento de orgullo, de felicidad por ver a su hijo volar, pero también de profunda melancolía y preocupación que solo una madre comprende.


Ver a un hijo partir en busca de oportunidades lejos de casa es un rito de paso que ninguna madre está completamente preparada para enfrentar. No importa cuántos consejos le demos, cuántas veces le recordemos que siempre estaremos aquí para ellos, ese nudo en el corazón persiste. Porque en ese instante, en el que una madre ve a su hijo tomar su propio camino, siente el peso de la distancia y la incertidumbre, y se pregunta si podrá cuidarlo desde lejos.


El amor de una madre es incondicional y eterno. La preocupación por la salud, la alimentación, la seguridad de su hijo es una sombra que la sigue a todas partes. Se pregunta si ha enseñado lo suficiente, si ha preparado lo mejor posible a su hijo para enfrentar los desafíos del mundo exterior. La madre se convierte en una guardiana silenciosa, pendiente de cada llamada, de cada mensaje, de cada señal de que su hijo está bien.


Pero en medio de la preocupación, también hay un orgullo inmenso. Orgullo por ver a ese ser al que vio dar sus primeros pasos, pronunciar sus primeras palabras, crecer y convertirse en un adulto valiente, listo para enfrentar el mundo. Es un orgullo que llena el corazón de una madre, aunque las lágrimas asomen a sus ojos. Es la satisfacción de saber que ha criado a un hijo capaz, independiente y fuerte.


La distancia física no debilita el lazo de amor que une a una madre con su hijo. Al contrario, lo fortalece. Las llamadas telefónicas, los mensajes de texto, las videollamadas se convierten en puentes que acortan la distancia y permiten que una madre esté presente en la vida de su hijo, aunque estén separados por miles de kilómetros. La voz de una madre, sus palabras de aliento, su consejo, siguen siendo un faro de luz en la vida de su hijo.


La vida tiene sus giros y vueltas, y a veces, la necesidad o las oportunidades llevan a los hijos lejos del hogar. Pero en el corazón de una madre, su hijo siempre tendrá un lugar especial y eterno. Si bien el proceso de verlos partir puede ser doloroso, es un recordatorio de que han hecho su trabajo como madres, han criado a individuos fuertes y decididos.


Así que, queridas madres, cuando llegue el momento en que vean a sus hijos tomar sus maletas y dirigirse hacia el horizonte, sepan que no están solos en sus sentimientos. Cada madre ha enfrentado ese mismo desafío y ha sobrevivido. Y aunque el camino de una madre a veces está marcado por lágrimas, también está iluminado por el amor inquebrantable que siente por sus hijos. Acompañemos a nuestros hijos en su viaje, donde sea que los lleve la vida, y recordemos siempre que, pase lo que pase, su hogar siempre será el corazón de una madre.


Mientras nuestros hijos se aventuran en el mundo, recordemos que su amor es nuestro faro en la distancia, guiándolos y protegiéndolos en cada paso que dan.


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