SABOR A LEÑA

Por: La Nonita del Pueblo

¡Ay, mis amores! Dejen que esta vieja abuelita les hable de los tiempos en los que vivía en el campo, allá en la finquita hermosa donde vivía. Era una época de sencillez, pero también de una riqueza de sabores que hoy extraño con el alma.


Mi esposo, Don Antonio, Dios lo tenga en su gloria, era el encargado de traer la leña seca para la cocina. Él iba al monte con su machete y su carretilla, y regresaba cargado con los troncos más secos que podía encontrar. Yo le ayudaba a cortar la leña en pedacitos que cupieran en nuestro viejo fogón de leña.


Cuando encendíamos el fogón con leña, el aroma de la madera seca llenaba la casa, y la cocina cobraba vida. Les juro que el arroz, cocinado a fuego lento en nuestra olla de aluminio, tenía un sabor que nunca he vuelto a encontrar. Y las arepas, doradas al carbón, eran como manjares enviados del cielo, y ni hablar de la carne seca que dejábamos guindada sobre la cocina para que se cocinara con el humo, no he vuelto a encontrar ese sabor tan magnifico.


El café, molido en la mañana, se mezclaba con el agua caliente en la paila, y su aroma llenaba la casa entera, la radio sintonizaba la carranga y esos boleros que don Antonio me dedicaba cuando éramos más pelados. Cada sorbo era como un abrazo cálido en el alma. Y la aguapanela, endulzada con panela recién hecha de la finca del vecino de arriba, tenía un dulzor que solo la leña podía darle.


Los olores, los sabores, todo en aquella cocina de leña tenía un encanto único. A veces, el humo nos hacía toser y reír al mismo tiempo, pero eso era parte del encanto de cocinar así. Nos cuidábamos con tapabocas improvisados, pero no dejábamos que eso nos impidiera disfrutar de esos sabores que nos hablaban de tradición y cariño.


Ah, cómo podría olvidar el aroma de un pollito criollo guisado en leña. Ese olor llenaba la cocina y se extendía por toda la casa, como una invitación irresistible para los vecinos y las visitas inesperadas. Siempre sabíamos que alguien vendría a compartir nuestra comida, así que hacíamos un poco más de lo necesario. Las gallinas y los marranos tampoco se quejaban, ya que lo que quedaba de esos guisos nunca se desperdiciaba. Las sobras eran suculentos festines para ellos, y así todos teníamos un banquete a la hora de la comida. Y por si las moscas, como dicen por aquí, siempre teníamos uno que otro bocadito extra para compartir.


Ahora, en esta vida moderna, extraño esos tiempos. Las estufas eléctricas son prácticas, sí, pero nunca podrán igualar el sabor que la leña le daba a nuestras comidas. Así que, mis amores, si tienen la oportunidad de cocinar en leña alguna vez, no lo duden. El sabor será un regalo para su paladar, un pedacito de la vida en el campo que nunca olvidarán.


Visiten el pueblito, saluden a la abuela y coman rico, natural y con amor, como solo la comida del campo lo sabe dar.


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