EL HIPEREROTISMO INSATISFECHO(PARTE I)

Por: Felix Mario Galvis

El tema de esta semana daría para un tratado completo, o unos cuantos libros explicando la procedencia del fenómeno y las maneras en las que este ha invadido cada uno de los ámbitos de nuestra existencia.


No obstante, para ser coherente con dicho fenómeno, debo procurar ser lo más breve y “entretenido” posible; además de tratar de no usar ninguna palabra rara o “rebuscada”, así como ser lo menos “incómodo” en las críticas y/o posturas que presente. No vaya a ser que se me llegue a molestar el todopoderoso consumidor, que en este momento, es usted, amable lector, que aún acompaña estas no tan dulces letras.


Comencemos con un breve contexto: poco después del final de la segunda guerra mundial, en 1960, los hijos de los ganadores de dicho conflicto bélico, ya adolescentes, se cansaron del yugo que yacía sobre ellos, al cual consideraban innecesariamente represivo y aburrido, particularmente en lo que se refiere al placer, la estética y la sexualidad. La llamada “revolución sexual” comienza a reivindicar la capacidad de los individuos para elegir las maneras en las que disfrutarán y se encargarán de sus propios cuerpos, buscando superar, en lo posible, el papel meramente funcional que tradicionalmente se le otorgaba al amor, al matrimonio, la sexualidad y la reproducción, junto al cuestionamiento de la llamada “moral victoriana”, en la que el recato, la prudencia y la etiqueta social eran factores indiscutibles en el éxito en la vida social.


Estos cuestionamientos sociales crearon una retroalimentación fuerte y constante con múltiples corrientes teóricas y académicas: la teoría psicoanalítica, los estudios adelantados por Kinsey, Masters y Johnson, el análisis genealógico y arqueológico de Michel Foucault, los planteamientos posestructuralistas, o la segunda ola del feminismo del Segundo Sexo de Simone de Bouvier, fueron algunas de las herramientas intelectuales que potenciaron el ejercicio de crítica y transformación de los roles, las relaciones y los mandatos sociales que antes se veían irrefutables.


Si bien durante estos sesenta años este fenómeno no ha sido uniforme, pues se han presentado múltiples cambios y contrastes, uno de los ingredientes que más ha configurado estos cuestionamientos ha sido el auge global del neoliberalismo como ideología y como modelo económico y social en el mundo. Aunque son múltiples las aristas del neoliberalismo, en este caso es fundamental resaltar que el neoliberalismo se ha encargado de darle cada vez más importancia al ámbito privado e individual, en un detrimento cada vez mayor de lo público y lo colectivo.


A esto le sumamos la invasión silenciosa pero absoluta que internet ha hecho de nuestra vida, en especial, con su producto perfecto para la vanidad y la egolatría de los individuos: las redes sociales; esos espacios virtuales que en vez de servir para ampliar nuestra mirada sobre el mundo y romper nuestros sesgos, solo han funcionado para alimentar nuestros egos, en las que buscamos, no el contraste de nuestras perspectivas u opiniones, sino confirmar a como dé lugar nuestras opiniones, a la vez que aumenta y normaliza la violencia hacia lo diferente u opuesto.


Todo esto nos ha vuelto una sociedad hipererotizada, en la que rehuimos todo aquello que nos pueda causar la más mínima molestia o displacer, buscando constantemente la mayor cantidad de estímulos placenteros, con la menor cantidad de esfuerzo y compromiso posible. Curiosamente, esto nos sume en múltiples paradojas y contradicciones, en las que estamos cada vez más insatisfechos; en las que se nos hace creer que podemos ser quienes y cómo queramos ser, pero en la que debemos adherirnos a las identidades y a las dinámicas que elijamos, si es que queremos sobrevivir en este sistema voraz e indolente; en las que tenemos la mayor posibilidad de comunicación con otras personas en cualquier lugar del mundo pero en las que estamos en el mayor estado de soledad conocida.


Las consecuencias son muchas más devastadoras de lo que llegamos a creer, como por ejemplo, la expulsión de la sexualidad del ámbito privado hacia el ámbito público, en la que los chistes “verdes” y las insinuaciones sexuales son el pan de cada día, como un elemento casi imprescindible para “vender” socialmente, y que ha desembocado, desafortunadamente, no en un mayor conocimiento o exploración de nuestras dimensiones eróticas, sino en un marcado empobrecimiento de nuestra intimidad y de nuestro placer.


Sin embargo, nuestra coyuntura no es una condena sin más. Considero que la situación actual es una etapa necesaria en la liberalización de temas que antes eran incuestionables, temas que necesitamos empezar a revisar sin dogmas y sin sectarismos, aun cuando a tantas personas y tantos colectivos puedan causar miedo o dolor, pero que podemos replantear con inteligencia, con miras a la construcción de una sociedad ética, humana y planetaria, consciente de sus posibilidades y sus limitantes. No obstante, para ir haciendo esto, primero seguiremos observando el lugar en el que nos encontramos ideológicamente; lo cual haremos en próximas entregas de esta misma columna semanal.


La invitación de esta semana es a buscar otorgar al menos un poco de plausibilidad a las posturas más inverosímiles que encontremos en nuestro camino, que nos alejemos un poco -cada vez más- de situaciones facilistas de placer y comodidad, observando conscientemente emociones y reacciones que tal vez se hayan anquilosado en nuestra cotidianidad, para replantearlas y orientarlas hacia formas más compasivas y comprensivas de relacionarnos con el mundo y con nosotxs mismxs.



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