UN DÍA EN LA VIDA DE UN ANSIOSO

Por: Mónica García

Te levantas, no dormiste muy bien, las preocupaciones te acompañaron hasta en los sueños (“¿podré hacerlo bien en el nuevo trabajo? ¿Y si me echan y me quedo sin con qué pagar el arriendo ni lo de abonar a la deuda con el banco? ¿Qué pasaría si me enfermo o me da un ataque y no puedo mover un lado de mi cuerpo o levantarme de la cama? ¿Y si mi relación de pareja no funciona, si me abandona porque no puede vivir con alguien como yo? Mi futuro no pinta nada halagador, todo me sale mal”), despertaste más de cinco veces –como todas las noches-, así que estás, una vez más, agotado, pero tienes que comenzar el día y seguir en esta rueda que no para, porque ¿cómo podrías salir de ella?


Vas en el transporte rumbo al trabajo y todo es un caos, los peatones se atraviesan, los que van en moto no cumplen con las normas de tránsito, los conductores de taxis y busetas tampoco (“¿y si tuviera un accidente? ¿Si el bus en el que voy a toda velocidad después de parar en todos los semáforos se volteara o estrellara a otro vehículo? ¿Si hoy no llegara a mi casa y fuera la última vez que mi familia me vio con vida?”). Pero llegaste sano y salvo y tu jefe ha dicho que debes reemplazar al compañero con espíritu de animador al que le gusta encabezar los eventos y debes dirigir la reunión; sientes pánico, quieres salir huyendo, empiezas a transpirar copiosamente, tu corazón se agita y la sola idea de enfrentarte con las personas en ese auditorio lleno te provoca náuseas…


Lograste que alguien a quien ahora le debes otro favor te cubriera, has podido sortear otro día de labores con una condición que no sabes que tienes y por la que nunca has consultado; regresas a casa pero antes decides entrar al supermercado: está lleno –tu peor pesadilla-, aun así entras por las cosas que necesitas, pero la fila no avanza y comienzas a sentir que te falta el aire, no lo resistes y sales corriendo de allí abandonando el carrito con lo poco que habías elegido…


Caminas y el aire fresco te sienta bien, aunque empiezas a sentirte mal por no poder hacer las cosas que para los demás son simples, te llena de tristeza no poder educar a tus pequeños hijos como quisieras porque ¿hasta cuándo podrás evitar las reuniones escolares si el solo pensamiento de estar en un salón con otras personas que parecen alegres y tranquilas o molestas, pero normales, te provoca una gran desazón, una especie de malestar general que luego desaparece cuando ya no estás frente al estímulo que lo genera?


Entonces pasó: ibas rumbo al trabajo cuando empezaste a sentir mucho temor de morir en el bus atestado; te bajaste y debiste llamar a un familiar que viniera a recogerte porque estabas paralizado, para que te acompañara a un centro médico; el corazón te palpitaba tan fuerte que pensaste que se podía detener para siempre, agotado, en cualquier momento; sentiste ganas de devolver el desayuno, no podías respirar, sentías que el oxígeno no llegaba a tus pulmones; pero llegaron a la sala de espera y mientras estás allí sentado junto a esa persona de confianza te sentiste mejor, el consultorio climatizado a la perfección y el médico con su bata de un blanco impecable y sus manos profesionales auscultándote terminaron de tranquilizarte; el diagnóstico: “vamos a hacer exámenes para descartar, pero todo apunta a un trastorno de ansiedad”. No sabes lo que eso significa, nunca se habló de nada parecido en la casa ni en la universidad, tal vez lo escuchaste mencionar en alguna parte pero pensaste que eso sólo les pasaba a los otros, a las personas enfermas, a los locos… ¿Y ahora, qué?


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