LA DIGNIDAD EN LA SOCIEDAD DE CONSUMO

Por: Mónica García

¿Cómo hablar de dignidad en un mundo en el que todo tiene precio, pero casi nada tiene valor? A través de las redes sociales constatamos una especie de veneración hacia todo lo que luzca costoso, brillante, excesivo y el desprecio por quienes tienen poco, los que no ostentan en su fachada riquezas, viajes, experiencias gastronómicas ni la posibilidad de comprar múltiples objetos –no importa si se usen o se acumulen y finalmente se desechen- porque esta es una sociedad no sólo del consumo sino del desperdicio, y que hace lo mismo con la vida: la desprecia, la desecha.


El sistema capitalista dio a luz una realidad en la que todo es susceptible de ser comprado, hasta las personas (nada más hay que mirar el tema del alquiler de vientres, los casos de niños que son adquiridos por ciudadanos de países ricos a veces con carácter devolutivo, cuando consideran que tienen algún “desperfecto” o no les gusta algún detalle, como si fueran cosas). Como en otras épocas de la humanidad -porque no todo tiempo pasado fue mejor-, actualmente la existencia de ciertos sectores de la población carece de valor: hay lugares del planeta en que la gente muere, literalmente, como moscas y a nadie le importa como los niños en África, los migrantes en el Mar Mediterráneo, los mexicanos en la frontera con E.E.U.U., los venezolanos y haitianos en la selva del Darién; sus vidas no duelen porque su color de piel es diferente, más oscuro, y, además, son pobres.


Ahora no se cuida al ser amado porque puede ser fácilmente reemplazado, no se valora al empleado porque hay miles esperando por ocupar su cargo, no se aprecia al profesional porque muchos se creen en capacidad de hacer su trabajo, pero sobre todo, por mucho menos dinero.


Grandes cantidades de angustia nos genera esta sociedad en la que nos sentimos descartables: nos embarcamos entonces en una carrera sin fin por tener, trabajamos incansablemente por cumplir con los estándares sociales porque no podemos quedarnos atrás de los demás; si somos profesionales tenemos la obligación de ser exitosos y es nuestro deber mantenernos saludables, atractivos, tener espacios de recreación y comidas costosos, ir a conocer lugares nuevos, mostrables, llevar una vida extremadamente interesante porque sin eso no somos nada, no tenemos ese “plus” que nos hace valiosos. Parece que las condiciones de vida han mejorado y ya no trabajamos para vivir sino para “disfrutar” y poder tener el último dispositivo a la venta con sus cada vez más abundantes accesorios, así como ir al spa para hacernos masajes y aplicarnos todos los productos y procedimientos disponibles para estar siempre bellos y jóvenes.


¿Cómo sustraernos de esto, cómo mantener el equilibrio entre ser un ermitaño anacrónico y un consumidor irracional de redes y objetos? Como respuesta a este fenómeno, del que casi ninguno logra escaparse, muchos movimientos liderados incluso por personas jóvenes plantean no usar redes sociales y poseer cada vez menos cosas o practicar la desconexión eventual, intentar no publicar todo lo que hacemos y disfrutar el momento manteniéndolo privado; en últimas, intentar volver a lo básico. Lo importante es no perder de vista que nuestra vida y la de los demás es significativa por lo que somos y podemos dar de nosotros mismos, por nuestras vivencias y conocimientos, por el afecto que compartimos y no por lo que tenemos, porque al final, nada de eso permanecerá.


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