LA IMPORTANCIA DEL EJEMPLO

Por: Stephany CP

Hay una frase que me marcó mucho desde que la escuché: “sean el adulto que necesitaron de niño”. En mis seis años de docencia, desde el día uno empecé a conocer la triste radiografía de la disfuncionalidad en las familias y de la poca o nula presencia de la responsabilidad afectiva de los padres de familia o cuidadores con sus estudiantes.


Por estos días, tuve una situación personal que me afectó mucho emocionalmente y a la hora del descanso me puse a llorar porque necesitaba desahogarme. A lo lejos, unos estudiantes se dieron cuenta y empezaron a gritar: Profe ¿qué le pasó?, ¿Está bien?, ¿Por qué llora? les sonreí y con señas les di a entender que estaba bien. Sonó el timbre, me limpié las lágrimas y a trabajar.


Al cabo de una hora, me encontraba ensayando para una obra de teatro, cuando llegó un grupo de estudiantes a decirme: profe, te vimos llorar y te queremos venir a dar un abrazo cargado de amor como los que tú nos das. Me enternecí demasiado y se me aguaron los ojitos de nuevo pero esta vez, de la alegría. Lo necesitaba y ellos lo sabían.


Los estudiantes con los que trabajo son de estratos bajos. Chicos que están a merced de la calle y de las malas amistades, porque sus padres o tutores están por fuera de casa, trabajando todo el día, buscando el sustento para sus hogares, llegan a casa cansados, no comparten con ellos, muchas veces, ni un plato de comida; por tal razón, los niños y jóvenes cuando no están en el colegio están en la calle, buscando atención y validación, un espejismo del amor y del cariño que no reciben en casa y que no saben identificar. La calle se convierte en el oasis afectivo del que carecen en sus hogares.


Cuando se me acerca un estudiante para desahogarse conmigo o veo a alguno llorando, me agacho a su altura, le pregunto si quiere hablar, tomar agua o ir al baño para sosegarse. Si desean hablar, los escucho, si lo necesitan les abrazo o les recibo los suyos. Dejo que se desahoguen llorando o en silencio simplemente quedándome ahí a su lado. Así aprendí a dar apoyo a quien lo necesite, sin invadir espacio personal y respetando siempre sus tiempos, lo que está sintiendo, validando sus emociones y estando, porque hasta eso debemos aprender, a estar, acompañar, apoyar y ayudar.


Mis estudiantes más pequeños hicieron por mí, lo que yo hago por ellos tantas veces, me demostraron que algunos no sólo valoran eso tan sencillo, pero tan significativo, sino que aprendieron y aplican lo que con tanto amor me esfuerzo por hacer con y por ellos. Yo me puedo derramar en prosa dándoles una cátedra magistral de responsabilidad afectiva que nunca van a asimilar a menos que lo vivencien. El tiempo que he pasado educándome al respecto (porque quiero enseñarle a mi hijo de 1 año a ser de esa forma) ha rendido frutos sin esperarlo y confirmo una vez más, que lo que realmente educa es el ejemplo.



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