¿BASTA CON DECIR QUE AMAMOS?

Por: Mónica García

A propósito de la fecha que recientemente celebramos, la reflexión que surge a partir de lo que vemos a nuestro alrededor y analizando lo que plantea Erich Fromm en su libro El arte de amar, estamos de acuerdo con él cuando afirma “no hay empresa más anhelada que fracase más estrepitosamente que el amor”; porque, si somos objetivos, en lo que respecta al de pareja no permanecemos enamorados mucho tiempo e incluso, aquellas personas a las que supuestamente deberíamos amar incondicionalmente como a nuestros padres, hermanos e hijos (por mencionar los principales), nos cuesta amarlas y hacerlo resulta siendo un esfuerzo en el que a veces sentimos que fallamos o, al menos, no somos vencedores.

Entonces, tal como lo dice Fromm, amar es un arte que debemos cultivar como cualquier otro, o más bien, mucho más que cualquier otro, porque es la base sobre la que se sustenta la esencia de estar vivos. Si no amáramos a otros seres, a un dios o dioses, a la naturaleza, a la poesía o a lo que sea que a cada uno le produzca esa sensación de profundo arrobamiento y entrega, ¿qué le daría sentido a la existencia o nos provocaría felicidad? Pero, ¿nos hemos preguntado si sabemos amar? O más bien, ¿dónde y cómo aprendemos ese arte?

Siguiendo al autor, para muchos el amor es una cuestión únicamente de objeto: debemos encontrar a alguien a quien amar o que nos ame -aunque muy frecuentemente, el mundo exterior nos dice a quiénes- los mencionados seres cercanos, a la vez que a un tipo determinado de persona atractiva, exitosa, etc. Que no siempre llena todas nuestras expectativas, así como nosotros tampoco lo hacemos con las de él o ella. Al principio podemos dejarnos llevar por las endorfinas y engañarnos creyendo lo contrario, pero pronto las máscaras caen y la cosa deja de ser tan sencilla.

Solo cuando comprendemos que el ejercicio del amor implica una actitud activa y no pasiva, que conlleva pasar de las palabras -y de las muy populares publicaciones en redes sociales- a mantener una disciplina de cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento, tal como afirma Fromm, es posible pensar en una práctica exitosa del mismo. Empecemos por lo último: ¡Cuán importante es conocer al amado! De la misma manera que a nosotros mismos de manera objetiva, con sus fallas y cualidades, para poder amarlo genuinamente; ¡Cómo debemos respetarlo! Su esencia, sus gustos, qué quiere para su vida; ¡Cuán responsables debemos ser! No en el sentido de sacar la cara por sus actos, sino de estar dispuestos a responder a su llamado; y ¡En qué medida ejercer el cuidado! Que no es solo un deber con nuestros descendientes o progenitores, sino algo tan fundamental en cualquier relación afectiva.

Pero no olvidemos que este ejercicio tiene que ser equilibrado: por un lado, debe existir el principio de correspondencia -es un acto casi suicida amar a quien no lo hace con nosotros-; tampoco podemos hacerlo incondicionalmente por encima de nuestro propio bienestar, porque el primer deber de amar es hacia nosotros mismos; por último, se trata de una labor diaria, que puede implicar esfuerzos que consideramos fallidos. Lo que no podemos olvidar es que a pesar de lo difícil que pueda resultar, amar siempre valdrá la pena.


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