EN MEMORIA A LA MATRONA

Por: Jacqueline Maldonado

Cada día, la historia de nuestras vidas se escribe con nuevas experiencias y nuevos aprendizajes.

Algunos seres se conectan de manera extraña, sin dar mérito al tiempo de vida juntos y los lazos filiares, solo llegan y te aferras a su cariño…

Rarezas o el destino poner a su hijo en mi camino. Mi bella señora “Carmen Omaña”, mujer de aspecto imponente como la estirpe de próceres que la antecedieron, tez blanca de similar belleza a las flores de azahar, cabellos color plata, ojos pardos de mirada firme y penetrante, con voz recia como el trueno.

Madre guerrera y de innegable amor por sus hijos: Vanesa, Luis y Alfonso. Aunque la mayor afinidad se centraba en Luis Omaña (ella su fan número uno), con él compartía el gusto por el patrimonio, la historia, las tradiciones y la cultura en general.

En el álbum de mi cabeza se vislumbran recuerdos de gestos y ademanes acompañados de frases coloquiales, chistes que se acoplaban a su auténtica personalidad y desparpajo, imperdible las tertulias noctámbulas de anécdota cotidianas en su taller de artesanías. Ella calma y tempestad, fidelidad y lealtad a la amistad, implacable y directa con sus contradictores. Gran don para aconsejar y también para cuestionar, su ser y humanidad atrajo a muchas personas. 

No se olvida la magia de sus palabras vieron al final de sus días como ante sus ojos, la cometa de colores e ilusiones se unía a la inmensa cola de esperanza y amor… Volando juntos en armonía por el cielo infinito… Sus ojos se fueron cerrando para así descansar en paz.


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