COSECHANDO VALORES EN LOS HIJOS

De: Miriam Ureña

Todo ser humano tiene un origen, una descendencia, un lugar donde pasa la mayoría del tiempo llamado hogar. En este templo sagrado de la vida se forman los primeros valores de la crianza. En este lugar se fundamentan los principios básicos de la formación de los hijos, siendo el preámbulo para avanzar los distintos senderos que la vida nos depara y el destino nos obliga.

Debemos prepararnos y crear las condiciones necesarias para que los tropiezos tengan consecuencias menores.

Cuando vamos creciendo en un hogar que nos han enseñado, instruido y formado con valores, seguramente nuestra vida está protegida como con un caparazón. Somos fuertes, conscientes, educados y, ante todo, conocemos el significado de la palabra respeto.

Cuando se fomenta disciplina, normas y compromisos en los hijos, se atesoran grandes valores.

No todo lo que hacen los hijos es culpa de los padres. Ellos también son autónomos de sus propias acciones y deben asumir las consecuencias de sus errores. Por ello es indispensable, desde la niñez, construir cimientos con materiales fuertes y resistentes.

Cuando un hijo está cimentado desde la raíz con estructuras potentes, es difícil que sea derribado y conducido por la perdición del mundo.

Muchas personas suelen decir: «Los padres no son culpables de lo malo que hacen sus hijos». ¿Acaso una casa construida con cimientos sólidos y bases firmes se derrumba a pesar de las incontrolables tormentas?

No es fácil educar creando conciencia, pero tampoco es imposible formar grandes personas con valores impregnados en su interior. A medida que pasa el tiempo se ven perdidos en el mundo estos principios fundamentales para la convivencia en nuestro entorno.

No es necesario utilizar los golpes, las agresiones físicas y verbales. Basta empujar con amor y entonar con respeto las reglas del hogar.

Cuando se corrige a un hijo, se edifica a un hombre para el futuro sin cicatrices ni castigos.

La permisividad, la falta de autoridad y la nula exigencia de los padres hacen que el hijo pierda el horizonte y siga el camino equivocado, donde solo hay libertad de hacer lo que quiera.

Es importante, a veces, ser represivos y autoritarios, y tener siempre presente que la voz que salga de nuestros labios para emanar respeto y autoridad debe estar impregnada de amor. Porque no es buen padre a quien se le tiene miedo, sino aquel que se le admira y se le respeta.

La educación de los hijos se origina en el hogar y se complementa con la sabiduría del saber administrar la crianza de los hijos.

El mundo sería un paraíso con hijos que han aprendido a valorar la esencia de sus padres, porque sus enseñanzas serán por siempre el perfume de un hogar.


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