ENTRE ALBRICIAS Y ANGUSTIAS

Por: Félix Mario Galvis

A veces pareciera que en nuestra ciudad hemos olvidado cómo comunicarnos. Que incluso olvidamos lo que significa de verdad comunicarnos. Porque más allá de un eco o una mera reactividad a lo que los demás expresan, necesitamos pensar, por ejemplo, en los criterios con los que filtramos la información con la que a diario nos bombardean; o en la posibilidad de elaborar perspectivas que propongan nuevas formas de abordar o de comprender los fenómenos o situaciones que vivimos como ciudad en nuestra cotidianidad.

Dicha elaboración requiere un reposo, un proceso de reflexión que nos permita cotejar entre distintas maneras de ver y de percibir, así como contrastar entre distintas perspectivas históricas, teóricas y técnicas de lo que sucede en nuestra sociedad o en nuestra intimidad. El vertiginoso ritmo en el que el mundo nos exige movernos pareciera hacernos más ajena esta operación de reflexión y pensamiento, mientras que la ausencia de dicho proceso se ha traducido cada vez más en una constante descalificación (e incluso degradación) de lo contrario -o siquiera diferente- a nuestros intereses. A pesar del aumento en el acceso al conocimiento y a la información gracias a la internet y los celulares, seguimos absorbidos por nuestras realidades inmediatas, justificados por las condiciones socioeconómicas de nuestra ciudad, viviendo sin tiempo o interés en la formación o en la reflexión, encerrados en maneras cada vez más rígidas y atrofiadas de comprender la vida y sus matices.

Basta salir a la calle y observar el flujo vehicular de nuestra ciudad para ver la incapacidad comunicativa que existe entre todos los actores viales. Estamos cada uno pensando en nuestro propio culo y en cómo lo salvamos, aún a costa de pasar por encima del de los demás. Sin embargo, ese deplorable espectáculo es tan solo una muestra más de cómo lo público es percibido por la gran mayoría de personas como un espacio de sálvese-quien-pueda, y en el que si se es lo suficientemente intransigente, se puede aumentar el poder o la riqueza material individual, pero nunca para construir desde las diferencias y de todas las dificultades que el respeto y el honor a éstas significan.

Porque tampoco se trata de romantizar el encuentro: saber observar y escuchar, darle plausibilidad incluso a las perspectivas más inverosímiles, construir acuerdos y, especialmente, cumplirlos y hacerlos cumplir, son tareas arduas, angustiantes, complejísimas y que requieren de una fuerza espiritual enorme, casi que infinita. Pero estoy seguro que en nuestra ciudad existe ese potencial. Solo nos falta construir los espacios para que esta fuerza se exprese, tome forma y crezca como le es propio. Y por eso celebro el nacimiento de este espacio, «la Chuzma Editorial«, como un lugar en el que podremos dialogar, hablar, cuestionar, comunicar y seguir promoviendo nuevas dinámicas para una ciudad que puede pasar de la mera supervivencia de sus habitantes, a generar nuevas formas de vida de placer, felicidad y, en especial, responsabilidad consigo mismo y con nuestro entorno.

Entre albricias y angustias abrazamos los retos y desafíos que nuestra ciudad y nuestro mundo nos plantean como humanidad y como individuos, pues es cierto que cada proceso trae reveses y desasosiegos, y explorar terrenos intransitados presenta incalculables incertidumbres; pero aun comprendiendo esto nos atrevemos a celebrar cada mañana, cada hoja en blanco, cada castigo, como una posibilidad de ser diferente a lo que hemos sido.

Esta semana nos invito a ceder más el paso cuando estemos manejando, a que respiremos un poco más conscientes frente al volante y disfrutemos el camino, dejando la neura por el destino; y no hablo sólo de vehículos.

Entre albricias y angustias aquí nos encontraremos y espulgaremos cada semana…


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