Mientras la muerte se paseaba silenciosa e invisible por las inmensas calles desiertas y el hambre colgaba sus tristes banderas rojas en las casas humildes.
Un par de amantes fugaces deciden desafiarla (casi cual suicidas) y sin que nadie lo sepa en algún rincón se entregan mórbidos a los placeres de la carne.
Y ahogan durante algunas horas entre gemidos y orgasmos la mortuoria canción de las noticias anunciando un exterminio a gran escala.
Cuando todo ha terminado y han devorado hasta la saciedad el último bocado de su ración de lujuria.
Lavan en vano hasta el último rastro de sus dulces pecados. Huyen silenciosos de vuelta a casa, sin mencionar siquiera sus nombres, sin besos de despedida.
Solo los delata un leve brillo sicalíptico en la mirada. y mientras preparan un café o buscan alguna canción en su playlist que haga un poco más soportable el confinamiento.
Se sienten satisfechos aún cuando no saben si vuelvan a encontrarse. Aún cuando menos sepan si amanezcan vivos mañana.
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